Crónica

Yerry Mina, de Guachené a Barcelona

“Si Dios lo quiere, así será. Nuestra vida está en manos de ese ser natural”. Fue la mañana del 23 de septiembre de 1994, cuando por primera vez Marianela González, vería un joven que tenía implantado en su ADN una adrenalina llamada fútbol. Se llamaba Yerry Mina, era oriundo del municipio de Guachené (Cauca) y se había convertido en una promesa para un pueblo que le ha sido difícil triunfar. “Muy pocos trabajan para construir la escalera del  triunfo”, recuerda la mujer.

Una pasión que tiene impregnada una historia en sus letras. Su padre, José Eulices Mina, fue arquero del Deportivo Cali en 1988. Pasó por todas las categorías, y se hizo grande. Pero no quiere hablar de su historia. Suspira entonces y con voz tronante  desempolva la máquina de los recuerdos.

“Mi pasión por el fútbol empezó por mi hermano, Yair Mina, quien fue arquero y mi modelo a seguir”, recuerda Eulices. Aunque Yerry quería ser arquero, su padre y su tío evitaron a toda costa que eso se hiciera realidad. “Si bien medía 1.95 metros de altura debía aprovecharse en el fútbol, pero no como arquero; en otra posición”, añade.

Hoy, Yerry Mina, de 22 años y jugador del Palmeiras brasilero es una de las estrellas de la Selección Colombia que juega la Eliminatoria al Mundial de Rusia 2018. Su suerte cambiará este año cuando el FC Barcelona español, que ya lo ha visto, pueda contar con sus servicios.

En Millos, no pasó la prueba

Cursaba el grado decimo de bachillerato cuando su tío Yair Mina vio que una estrella fugaz lo cubría con un manto de éxito. “El joven tenía chispa para jugar”, recuerda. Y fue en ese instante cuando decidió contactar a los directivos del club de futbol Millonarios, para que su sobrino debutara allí, pero para sorpresa de ellos no cumplió las expectativas de los dirigentes.

“Los Minas de aquí, en Guachené, tenemos una ideología y es que siempre nos tiene que recordar por nuestro carisma, nuestra honestidad y amor por ayudar a los demás y Yerry no será la excepción”, dice el tío.

Su padre Eulices va más allá y recuerda que cuando su hijo llegaba del colegio lo primero que hacia era quitarse la camisa. “No sé si era por el calor, o porque quería  que las chicas vieran sus abdominales mientras tenía la puerta abierta”.

Yerry creció en Guachené, un pueblo de “truenos”, como dicen por ahí. “Aquí la conversa puede traducirse en peleas para los turistas, pero es una forma de conversar, de expresar felicidad o un estilo de vida para sus habitantes”. Hay una mezcla de bulla, sabor, alegría  y emociones que sigue quedando en el recuerdo de Yerry, que no deja venir.

“Dios es quien nos guía, sin el nada es posible y ahora Guachené está disfrutando de muchas bendiciones de parte de nuestro creador, al tener a nuestro hijo como representante del pueblo”, dice la Marianela.

Anabel Ambuila, quien vive en Guachené hace 25 años, dice que cada que Yerry cada que viene se trasforma todo el pueblo y sus habitantes también. “Todo el pueblo se paraliza,  quieren abrazarlo, contarles cosas nuevas; pues la energía y el amor que este negro trasmite es inexplicable”, recuerda.

“Él ayuda a las personas del pueblo que están en situaciones difíciles, y cada que viene le regala a los niños camisetas, uniformes, juega con ellos, mejor dicho hace de todo, para que el pueblo sienta que tiene el mejor representante. Yo solo espero que sea una fecha especial como un día de la madre, el cumpleaños de su padre o amor y amistad, para que el venga y nos visite”, añade la mujer.

Por: Nora Julieth Nagles C.

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