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Perfiles de Abel vs. Mateus: enigma en el mediocampo

Pékerman sigue teniendo una incógnita: el medio campo que acompañe a James, Cuadrado y Sánchez. ¿Quién lo hará? Se trata de Abel Aguilar y Mateus Uribe, los que buscan ser titulares. Aquí, la historia de los jugadores.

Abel, el jefe del camerino

Como el de la Biblia, es el que siempre está con Pékerman. Su fútbol radica en que está más en la generosidad que en la obligación, y eso es deseable. Pareciera todo muy litúrgico, pero en este equipo es el hombre de la fe, del sacrificio que hace su mayor valor que la ofrenda de sus enemigos.

Es como el quinto Beatle que si no está en la nómina desafinaría así algunos no lo notaran. Es el Pete Best: siempre está su sombra, su recuerdo, que le ponen uno tras otro, pero él sigue allí sin alterarse porque sabe lo que tiene así unos no lo noten. Para unos es un jugador menor. Y él ríe.

Habladores todos porque pasó por equipos como el Udinese, los españoles La Coruña, Hércules, Real Zaragoza, el Toulouse francés o el portugués Belenenses. Ya quisieran un palmarés así para sentarse en la vejez a contarles a los nietos cómo era jugar en el San Ciro o en el Bernabéu.

Si bien no tenía el carácter rebelde y la rudeza de un Barrabás, si tiene la visión de campo de un guerrero medieval que sabe dónde lanzar su rejón. Abel se las ingenia para realizar sus labores de contención, recuperación y destrucción del juego ofensivo del rival. Eso no es poco.

Pongan un video en Youtube y verán lo que hace cuando le pasan el balón: levanta la mirada, se fija quien anda por allí, le dice con los ojos que lo siga, pero no se la pasa, avanza para realizar el pase imposible, y casi nunca se equivoca.

Pega sin que nadie se dé cuenta y hace su trabajo sin que nadie se lo tenga que decir. Él lo sabe en el olimpo de su madurez. Ya arropa los 33 años. Y eso es mucho, ¿no? Tiene la particularidad de ser suplente en su club y ser titular inamovible en la Selección. ¿Cómo lo hace? Pregúnteselo. No dicen que es un jugador menor. Ni sus enemigos hablan mal de él. Pasa tan desapercibido que no se nota.

Es, digamos, el alumno responsable que sin ser el mejor de la clase, siempre está dispuesto. Ha hecho todos los procesos de Selección: hizo parte de la Sub-20 que quedó tercera en el Mundial de la categoría en 2003, fue el capitán del equipo campeón del Suramericano del Eje Cafetero de 2005 (también en la categoría Sub-20), y estuvo en la Copa América de Perú (2004) y en la de Argentina (2011).

Es un absoluto de la Selección. Sí. Es del riñón de Pékerman. Sí. ¿Y qué? Es de la generación que siempre ha estado en todos los procesos así los técnicos salgan por obligación. A veces le ponen otro, pero no lo desbancan. Es decir, Abel es más fijo que Ospina y James. Siempre juega bien y solo se ha quedado por lesión, y esas veces medio país le ha dicho que se recupere y vuelva.

Abel Aguilar, el del Deportivo Cali, el jugador que, a veces, pasa más tiempo en la banca de su club que el campo titular porque a ningún técnico le sirve o no le cuadra en su sistema, sigue inamovible.  Necedades de los que no lo quieren. Lo dice siempre: “Estoy listo para jugar”. Y es cierto. Lo que pasa es que Abel es como el de la Biblia: un apostólico.

 Mateus, disciplina y gol

Juega como si tuviera una aguja imantada y así señalar el norte terrestre para enviar el balón. Su norte es el ataque y su improductividad aún se descifra porque camina más en punta, en convergencia con las líneas de fuerza que imprimen los que van adelante. Por eso, también hace goles, por eso su sistema de navegación se parece más a una brújula que a un detector de metales.

 Uno lo ve como a Tony Kroos, como a Özil en sus buenos tiempos, es de esos que lideran sistemas como 4-2-3-1, con tendencia a jugar en la línea de gol. Es un jugador ofensivo en la mitad de la cancha. Su función es total: desmarcarse, realizar acercamientos con la pelota, mientras se aleja de la presión del oponente, del área rival, dejando desgaste, apabullando limitantes. Maquiavélico.

Quiero decir todo esto y que parece una adulación es porque lo he visto, porque así juega cuando anda en vena, inspirado, cuando sus pies están en la arena mojada. Porque, la verdad, cuando no anda en sus cabales, con esa fuerza inspiradora es mejor dejarlo sentado, en la cofradía de los perezosos. Sí, en la banca, imaginando cosas insulsas, comprando helados para los infantes.

En el Atlético Nacional, donde se hizo hombre, y en el América de México, donde se hizo mayor, comprendieron qué sienten y qué necesitan quienes, por delante de él, hoy esperan sus pases. Lo que pasa es que a veces no los hace porque prefiere avanzar solo, ayudando a anotar goles que merecen devociones, sobre todo cuando busca tiempo y espacio. A veces pasa que anota dos goles y se vuelve figura. Es un acaparador, cuando quiere, o un mago de la mentira cuando no puede.

Pasó por el Deportivo Español argentino, Envigado, Deportes Tolima sin mucha gracia. Ni él mismo recuerda su pasado. Suena terrible decirlo. Luego cayó al Nacional donde Osorio y Reynaldo lo apadrinaron, lo sometieron. Se hizo hombre. Él hizo caso, despuntó como ningún otro. Se demoró en salir hasta llegar a México donde se volvió jugador de culto, que hace dobletes y empuja el equipo a la victoria. Allí vale y gana un dineral.

Puede reemplazar a Cuadrado cuando este ande lesionado y a Cardona cuando no pueda por sus malentendidos, los que sabemos. Quién sabe si se sentiría bien allí. Es mejor no preguntarle. Presiona a Abel por su nivel, que es un apostólico. Se ve como un tramoyista que diseña, monta y maneja telones de grandes espacios. La cancha es su escenario dantesco. Solo quiere aportar, indagar, ser migrante del balón, abrir una atmósfera como los telones pesados de los teatros.

Pékerman seguro lo llamará para que sea el arquitecto que puede maniobrar cosas cuando nada funcione. Ojalá sirva para inspirar. James, que casi siempre se las sabe todas, estaría agradecido, o aún Falcao que necesita a un Mbappé, ese socio que es mucho y es poco. Mateus, como se llama, y Uribe, como se apellida, puede marcar una historia funesta o gloriosa. Depende de él.

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