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Perfil. Macnelly Torres, el último diez en el Deportivo Cali 

Solo hay elogios para él. Jamás traicionó su estilo ni cuando el fútbol le pidió velocidad. Se siguió colocando su cinturón de seguridad cuando ya no se usaba y vistiendo de frac cuando la cita era en la playa. Pero fue inmune a eso y muchos le dieron la razón. Era el pianista del Titanic.

Aprendió el discurso del fútbol sencillo, el del pase, el de armar una jugada con el corazón, en jugar cada partido como una batalla y liderar un equipo bajo su mando. Es de esos que no hay que decirle nada porque saben más que todos. Le pasa a los cracks, como a El Diego, por ejemplo.

Le pasó a Feola cuando recibió a Pelé para ir al Mundial de 1958. Dicen que lo alineaba y nunca le dijo nada. Se dormía al verlo jugar. Tenía 17 años y sería luego O Rei. Su fútbol recuerda a Funes el memorioso en una cancha de barrio del Distrito. Un depurador de recuerdos.

Cuando juega Macnelly uno se acuerda del barrio popular, de las canchas polvorientas, de los arcos sin red, del balón prestado del hijo del dueño de la tienda y de la apuesta por la gaseosa. Porque este jugador apostó a eso y allí se quedó sin olvidarse de nada. Solo se cambió los guachos y jugó en estadios repletos de gente, de hinchas, de voces corales, alzando copas.

Los pies de ‘Mac’ –así le dicen los chicos en Manrique- pensaban más rápido que la cabeza. Esos teóricos de ahora dirían que tiene la inteligencia kinestésica, más vinculada con la capacidad de controlar el cuerpo para actividades físicas que de otra cosa. Tenía, entonces, el movimiento del significado.

Creía en el pase preciso, en el futbol romántico, ese de frenar en la mitad de la cancha con el balón en los pies y esperar que alguien corriera y tirar la pelota al límite del espacio para que alguien anotara. Era una especie de ‘quarterback’ que dirige jugadas de ataque buscando un receptor.

Mereció ir al Mundial de Brasil. Era la gratitud, pero no cabía porque andaban otros. Aquí lo pongo porque sentenció una era del mediocampista tristón que alegraba el fútbol con pases y lentitud. Era un anticuado, le escuché decir a alguien, pero ojalá todos los futbolistas fueran arcaicos, del paleoceno, de la era que comenzó a desaparecer los dinosaurios. Eso sí era vida.

Camino a Rusia lo llamaron 6 veces, 5 como titular, disputó 452 minutos, mucho menos que cuando irrumpió en el camino a Brasil. Luego en la parte final lo desbancaron. Dolió porque es jugador de títulos y de muchos partidos. Solo con Atlético Nacional, su equipo de siempre, se impuso en todas las finales -10- que disputó el mediocampista barranquillero. Lo comandó a una Libertadores, el gran torneo de clubes.

Cuando se retiré, a Macnelly se le recordará como el costeño que nunca aprendió a hablar paisa, pero que llevó a la mejor era de los verdes a ganar títulos grandes. A Riquelme le pasó: lo lloraron en Boca por ser el exquisito del balón. Le hicieron hasta estatua. Tal vez no sea para tanto, pero es sin duda el último romántico, el Sinatra del balón.

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