Opinión

Nos siguen matando

Los colombianos veían en el Acuerdo de Paz una posibilidad de tranquilidad para los territorios.  En el acuerdo  se ponían las ilusiones de comenzar un nuevo proceso de vida alejado de los dolores de la guerra. Pero cuan alejados de la realidad estábamos, aunque bastaba ver en las noticias que mientras se hacia el Acuerdo continuaban los asesinatos de líderes sociales, desplazamientos de comunidades en los territorios y otras violaciones de los derechos humanos, tanto en las regiones tenían una fuerte presencia y control las Farc, como en otras. Con el Acuerdo de Paz se esperaba que esas zonas que habían sido controladas por este movimiento guerrillero pasaran a ser retomadas por el Estado, haciendo  referencia no sólo a la  presencia militar, sino a todo lo que corresponde este concepto: instituciones, salud, educación infraestructura, entre otros. ¿Qué sucedió entonces? Las comunidades vieron cómo sus territorios se iban un grupo armado pero llegaban otros, quienes buscaban controlar lo que las Farc dejaban después de décadas, entre esos estaban los territorios de grandes extensiones de cultivos de uso ilícito (ver mapa 1).

Mapa 1. (Mapa temático realizado en SIDI)

Mapa 1. (Mapa temático realizado en SIDI)

Pero también estaban los territorios que gozan de una riqueza en cuanto a minerales e hidrocarburos, en últimas el Proceso de Paz también sirvió para que los territorios en donde nunca se había podido ingresar a realizar proyectos de minería e hidrocarburos lo pudieran hacer, lo que quedó claramente demostrado en un foro realizado en abril del 2016 por la  Contraloría General de la República. En éste, el presidente de Ecopetrol Juan Carlos Echeverry comento:

“Con la paz esperaríamos tener la posibilidad de entrar a Caquetá mucho más fuerte, a Putumayo, a Catatumbo, sitios donde antes era difícil acceder. La paz nos debe permitir no solamente a Ecopetrol, sino a todas las petroleras del país, generando desarrollo en las regiones, sacar más petróleo”.

Además, para nadie es un secreto que las guerrillas han sido por muchos años la piedra en el zapato para los grandes proyectos extractivitas, y con esto no deseo hacer apología a la guerrilla, pero es que tales actores armados por su presencia en ciertas zonas no permitieron que ingresaran multinacionales depredadoras, cuyo único interés ha sido y será apoderarse de la riqueza de los territorios.

Lamentable que precisamente son los territorios en donde habitan comunidades indígenas, afros y campesinos, los mismos que por muchos años habían tenido que vivir con el temor de una guerra y soñaban con la ilusión de tranquilidad. Pueblos y comunidades ancestralmente  luchando por la protección la tierra y sus culturas.

Los actores armados que se disputan el territorio para controlar la riqueza y el negocio del narcotráfico. Como muestra, basta ver el mapa de cultivos de usos ilícito (mapa1) para apreciar en dónde están situados las hectáreas de coca y marihuana. Con el mapa 2,  para superponer  y debelar la relación de asesinatos de líderes sociales y de desplazamientos masivos de comunidades.

Mapa 2. (Mapa temático realizado en SIDI)

Mapa 2. (Mapa temático realizado en SIDI)

Hasta el momento en que se escribió este documento iban en la macabra cuenta 73 líderes  y lideresas sociales victimas de asesinatos, muchos de los cuales venían denunciando la llegada de nuevos actores armados a sus territorios, la continuidad de otros, pero también estaban construyendo apuestas para concretar la esperanza de paz y seguían con sus exigencias de respeto a sus derechos, a sus territorios y a su cultura.

Esto, sin duda es un asesinato sistemático y no cuestión de “faldas” como lo manifestó el Ministro de Defensa.

Puede leer: Asesinatos de líderes son por “líos de faldas”: ministro de Defensa

Duele ver la polarización de un país entre los que desean guerra y los que no, mientras esa discusión la dan desde escritorios y medios de comunicación, en los territorios que han vivido en carne propia el conflicto siguen poniendo el pecho, no a la brisa sino a las balas, las bombas y las minas. Sus líderes y lideresas van cayendo victimas del aniquilamiento que pretende callar a cualquier precio la voz disidente. La gente no quiere abandonar sus paraísos terrenales, no quieren dejar de ser lo que han sido y, por supuesto, quieren resolver las históricas demandas que han tenido. El dolor no es solo producido por los genocidas, también crece por la indiferencia que hemos asumido en muchas partes de Colombia, optando quizás por la indiferencia que da tranquilidad o quizá por la indiferencia cómplice, que sabiendo de la matanza la justifica.

Alimentando la esperanza prefiero creer que es por miedo. El problema de largo plazo de que nos sigan matando es que se refuerza la situación histórica de que en Colombia no han sido ni parece posible lograr la transformación social por las vías pacíficas y de la democracia formal.

Así, ¿entonces qué nos queda?, ¿nuevamente la opción armada, la que durante más de 50 años no ha podido triunfar, y que por el contrario el daño de estas décadas de guerra ha sido gigantesco?

Acaso, ¿no podemos volver a creer en el otro y sentir su dolor como el nuestro? ¿será que podemos, por fin un día, decir que pensamos diferente, luchar por modelos de sociedad distintos, sin armas en las manos y, sobre todo, sin injusticias?

 

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