Cultura

Crónica: Así vive un melómano Salsa al Parque en Cali

Esta crónica fue publicada en el libro Nuestro Son, una crónica musical de los melómanos de la salsa en Cali

Antes de que todo el mundo bailara, cantara y se escucharan güiros, campanas,

maracas y se tomara whisky, aguardiente, cerveza y todo esto pareciera una

festa, esto estaba solo. Solo. Había gente, sí. Pero iba en su camino, olvidando

a cada paso todo, pasando por este parque que acuñan con el nombre de Los

Estudiantes, donde se baten a golpes los jóvenes del colegio aquí pegado

llamado Santa Librada, que también se conoce como el Parque Jovita, una

loca famosa que se vestía con ropa de arcoíris y que fue bautizada como Jovita

Feijoo. Antes de toda esta festa, esto estaba solo. Había gente, sí.

Eran, tal vez, los de la Fundación Nuestra Cosa Latina (algunos integrantes

se hacen llamar los de la Our Latin Thing, en inglés) cuyo nombre proviene

y se inspira en el documental de León Gast, una crónica sonora de 102

minutos sobre el Spanish Harlem, el barrio de Nueva York habitado por

puertorriqueños y donde nació el sonido urbano de la salsa, así como el

concierto más importante de la historia de la salsa ocurrido en The Cheetah.

De allí viene su nombre, la idea de la fundación sonora. El sociólogo Roberto

Carlos Luján escribió en su libro, ‘Las audiciones de salsa en Cali’, que esta

fundación surgió en los últimos meses de 2010 en el parque del barrio

Alameda –con apoyo estatal de la Secretaria de Cultura y Turismo de Cali-,

con el propósito de recuperar los parques públicos de la ciudad. La razón –

anotan ellos- para recuperar las audiciones a cielo abierto.

Bladimir Morales, uno de los integrantes de Our Latin Thing, recuerda cómo

surgió: “Nuestra Cosa Latina nace como una reunión de amigos y salseros, no

de coleccionistas ni de gente que quiere sobresalir en el medio, simplemente

una reunión de amigos que nos gusta la salsa y la rumba. Como idea loca se

nos ocurre hacer una audición y empezamos a buscar los medios, los recursos

y el apoyo. Coincidimos en esa idea de hacer esa propuesta a la Secretaría

(de Cultura de Cali) y fue bien acogida”. Hoy, han celebrado decenas de

audiciones, la mitad de ellas en el Parque Los Estudiantes.

El lugar parece perfecto: cerca de un mítico colegio –la Santa Librada que,

por culpa de sus revoltosos estudiantes, le llaman ‘Santa Pedrada’, y sobre

una mítica avenida que ha sido inmortalizada en canciones –la Calle Quinta-,

entre otras bandas, por el Grupo Niche. Según Argemiro López, melómano

independiente, el parque es administrado por la Secretaría de Cultura de Cali,

quien les presta los equipos de sonido –y si se requiere carpas para cuando

hay lluvia- y les ayuda en la logística para promocionar las audiciones, que se

realizan el primer sábado de cada mes. “Es casi imposible que alguna audición

se cancele porque se ha programado con anticipación”.

Es uno de los pocos colectivos –y si no el único- de melómanos que se ha

inventado una forma de obtener recursos para mantener esta afción: a través

de las ventas de discos compactos de música, con melodías o canciones en

su interior no radiadas, y que son difíciles de conseguir en el mercado por

ser canciones que tienen más de 50 años de interpretadas y compuestas. Así

intentan obtener dinero para sus audiciones. Cada disco tiene un costo de

10.000 pesos y han realizado 10 recopilaciones. Una de ellas, y tal vez la más

exitosa, fue el volumen 6 que incluida canciones como “Si me fuera de tu lado’,

de Kako y Totico.

Hay rarezas que son escasas de conseguir.

Ahora son las 5 de la tarde y el equipo de sonido comienza a probarse. Hacen

ruidos como esos que se escuchan cuando un roquero se alista para una

noche desenfrenada. A veces trata de molestar, pero parece normal. Arrancan

la audición con canciones comerciales, digamos, del Gran Combo de Puerto

Rico, continua con melodías que empujan al baile, pero a esta hora, en un

parque al aire libre, con las nubes sin esconderse y el ánimo apagado aún,

parece difícil arrancar a bailar. Pero los transeúntes que pasan aterrados por

los escandalosos bafes se miran entre ellos, tal vez, porque vendrán a bailar

más tarde. La noche da para eso. ¿No?

****

‘Our Latin Thing’ es el nombre de un documental famoso de 83 minutos,

dirigido por León Gast y producida por Jerry Massuci. Sus protagonistas:

The Fania All Stars y The Spanish Speaking People of New York City. Luego

de crear el sello Fania Records –que grabaría a los mejores músicos de salsa

de la historia, el 26 de agosto de 1971, Masucci –gerente de Fania- encarga

la flmación del concierto de la banda a un fotógrafo y documentalista

Gast- para que cuente una historia. El melómano y bloguero Javier Martínez

recuerda que el certamen musical se realizó en la meca de los conciertos

latinos, The Cheetah, en el corazón de Harlem, donde se reunieron

aproximadamente 4.000 personas. De esa reunión, quedaron dos álbumes

que tiene toda la música del concierto y muestra además acontecimientos del

barrio y su gente latina: sus costumbres, sus modis vivendis y sus alegrías”.

Martínez agrega que tras la venta de dos elepés y del documental que Fania

dirigió sus intereses hacia los músicos latinos, hasta organizar el magnífco

concierto en el Yankee Stadium en 1973, que dicho sea de paso, no terminó

porque el público rompió las vallas de contención e ingresó al escenario.

“La película documental catapulta a los músicos a la fama y defne el idioma

español como referencia del género y de la Fania All Stars: Our Latin Thing”.

Varias docenas de músicos hicieron parte de este documental que clasifcaron

en categorías: cantantes, bongoseros, congueros, timbaleros, tromboneros,

trompetistas, pianistas, bajistas y guitarristas. De esta formación inicial, muy

poco con el tiempo se alteró. La mayoría de talentosos intérpretes eran

de ascendencia puertorriqueña, pero también había un cubano y varios

estadounidenses. En cantantes estaban los puertorriqueños Héctor Lavoe,

Ismael Miranda, Pete ‘El Conde’ Rodríguez, Adalberto Santiago, Santos

Colón, Bobby Cruz y Cheo Feliciano. Como conguero estaba Ray Barreto,

bongosero Roberto Roena, timbalero Nicky Marrero y tromboneros el

estadounidense Barry Rogers y los puertorriqueños Willie Colón y Reynaldo

Jorge. El trompetas participó de la Fania el cubano Roberto Rodríguez, el

dominicano Héctor Zarzuela ‘Bomberito’ y el estadounidense Larry Spencer.

En el piano estuvo ‘el judío maravilloso’ Larry Harlow y Richie Ray, mientras

en el bajo participó como único, el puertorriqueño Bobby Valentín. Yomo

Toro tocó el cuatro, el tres y la guitarra. Según el melómano Martínez “esta

sería la conformación inicial de la Fania y que luego se unirían otros talentosos

de la música como Celia Cruz, Manu Dibango, Rubén Blades, Jorge Santana

(hermano de Carlos), Louie Ramírez y Eric Gale, todos bajo la batuta de

Johnny Pacheco y Jerry Masucci”.

Pero qué era The Cheetah, la discoteca donde nació este movimiento. La

historia de este bar-discoteca es más bien breve: fue fundado por Olivier

Coquelín, quien provenía de Francia luego de que su familia se hiciera rica

administrando hoteles de lujo en París, Niza y Saint Tropez. A su llegada a

Nueva York inventó The Cheetah y lo ubicó en la Broadway a la altura de la

calle 53. La inauguración fue el 27 de abril de 1966 y allí, entre otros, estuvo

Andy Warhol, la estrella del arte por ese entonces. El lugar –nada normal-

tenía sala de cine, librería y tienda de discos. La entrada costaba 4 dólares y

esto, de alguna manera, condenó el sitio: todos tenían acceso y poca era la

exclusividad. La discoteca fracasó.

El investigador y autor del blog Salsajazz.com luego de una charla sostiene

que El Cheetah jamás dejó de ser lo que fue, pero en su segunda oportunidad

–Coquelín abrió una nueva versión, en otro local, a 100 metros del antiguo

sitio- le puso otro sello y bajo la batuta de Rafh Mercado, un dominicano

rumbero dueño de un ingenio fabuloso para la festa y rumba neoyorquina

latina, resurgió su sueño: hacer bailar a la gente. “El segundo Cheetah

contaba con dos espacios de baile, una pequeña pista en la planta superior

y una gran pista central con capacidad para 1.200 personas, más una tarima

para 20 músicos”. Corría octubre de 1968 y la nueva discoteca salpicaba la

movida latina. Coquelín conoce a Mercado que era famoso por sus festas

que eran amenizadas por los pianistas Richie Ray y Eddie Palmieri así como

algunos músicos de la Fania. “Mercado le propone a Coquelín que trasladen

esa efervescencia del barrio latino de Harlem a Broadway. La idea comenzó a

traer a jóvenes latinos que se sentían con un poco más de estatus al bailar en

el corazón de Manhattan”, agrega Martínez.

Lo que sigue parece una historia de película, es lo que sigue. “Mercado

encuentra por casualidad a Jerry Masucci, dueño de la Fania Records, el sello

discográfco, y le cuenta su buena nueva. Era el verano de 1971. Mercado le

dice a Masucci: “hagamos una festa: yo pongo el salón y tú la orquesta”. Jerry

dudó, pero Ralph lo comprometió. Las estrellas de la Fania era lo único que

tenían para mostrar. La mañana del martes 24 de agosto Masucci llama a su

socio Johnny Pacheco y le dice: ‘Mercado está de promotor en un salón, el

Cheetah, aquí a la vuelta (las ofcinas de Fania quedaban en la Octava Avenida

entre 52 y 53) y que quiere un concierto. Pacheco le respondió: Bueno, ¿y

cuándo lo hacemos? Y dice Masucci: el jueves. Pero que vamos a tocar, dijo

Pacheco. Ambos quedan impasibles. Masucci lo soluciona: Yo sé que podrás

hacer algo, Johnny”, concluye Martínez. Estaba todo cocinado: La Fania

debutaba.

****

La audición de aquel día tenía una temática: los Rodríguez en la salsa. Todo

cabía: desde un corista que solo se escucha en un acorde o un trombonista

que apenas se afna en la orquesta hasta un cantante como Lalo Rodríguez

o un ‘hombre-orquesta’ como Pete ‘El Conde’ Rodríguez, nombres ya

experimentados. A esta audición, si se quiere, podía ir alguien con el apellido

Rodríguez y seguro lo dejaban cantar. Cabía todo, no les digo, diría alguien

por el micrófono. Digamos que pudo haber sonado Arsenio Rodríguez, el

mandamás del son montuno, del guaguancó. Incluso, podía caber este ciego

hermoso pero no sonó o al menos no se escuchó. Pero estaba ‘El Conde’.

¿Cuántas canciones interpretó Lalo Rodríguez y cuántas sonaron bajo los

acordes de la orquesta de Pete Rodríguez en esta audición de ocho horas?

Muchas, y nadie dijo nada.

Un paréntesis: aún fotaban, entre la gente que llegaba a la audición, unos

patinadores que han cogido la costumbre de apoderarse del parque para

realizar piruetas y caída que mallugan codos y rodillas. Se veía entonces

maromas discretas, espectaculares, que alejaban al melómano de la atención

musical. Hasta que unos pocos, que de verdad vienen a escuchar música, se

sientan en las escaleras, ese territorio prohibido para los patinadores. Es una

forma de decir que el parque ya no es de ellos, es de la música. Salsa al Parque,

como también se le conoce a esta manifestación de la Fundación Nuestra

Cosa Latina, coge el control. Entonces, suena la música, el micrófono está

abierto para los invitados. Y llegan ellos, los invitados.

Pero bueno: el parque es de todos. Escuchar al Pete ‘El Conde’ Rodríguez –

como vocalista o como director de orquesta- es una sensación notable porque

es un músico adobado, de sobradas interpretaciones. Hiram Guadalupe Pérez,

sociólogo y periodista, manifesta que ‘El Conde’ compartió una de las duplas

más poderosas de la música latina al tocar en la orquesta de Johnny Pacheco,

en la que interpretó charangas y compartió escena con vocalistas como Vitín

López.

“En la banda de Pacheco, ‘El Conde’ aportó su

tono de voz de sonero experimentado, curtido en la escuela de Benny Moré –

había sido percusionista-, que hacía juego con el concepto de ‘tumbao añejo’

que tenía la orquesta, destacada por su interpretación de charangas y sones”.

El académico agrega que con el sonido urbano de la salsa neoyorquina el nombre

de ‘El Conde’ se coronó como un digno representante del sentimiento latino,

interpelando el espíritu de solidaridad de esas comunidades como recurso de

defensa y sobrevivencia social, como sucede en su interpretación de ‘Pueblo

latino’”, que luego escucharán en esta historia. Rodríguez, primer cantante

titular de la Fania en su inicio, era un virtuoso del arte de la improvisación

musical y por la capacidad de cantar un son montuno o un bolero. Era un

sonero neto. Cantaba cualquier cosa que se le ocurriera a él, y lo hacía bien.

Escuche usted la esencia del guaguancó…

Escuche usted la esencia del guaguancó…

La tumba que ya te llama

Y el tambor que la reclama Y un coro que dice así

Y un coro que dice así…

Ohloo…ohloo..ohlolo..Ohlaohlololala

Le traigo mi guaguancó sabrosón

Escuche usted la esencia del guaguancó

Que con Pacheco no hay quien pueda

Es el rey del guaguancó negro

Escuche usted la esencia del guaguancó

Caballero el conde le está inspirando esta linda inspiración negro

Escuche usted la esencia del guaguancó

Y aquí queda demostrado, perfecta combinación con mi son

Escuche usted la esencia del guaguancó

Pero que rico, que rico, y que lindo se baila el guaguancó en Nueva York…

(Fragmento canción ‘La esencia del guaguancó’. Pete ‘El Conde’ Rodríguez)

El investigador musical Israel Sánchez-Coll escribió en un blog Oasis Salsero

que el director de orquesta Bobby Rodríguez tuvo una marcada infuencia

sobre el sonido neoyorquino de las orquestas denominadas ‘Bad Boy Street’.

“Se le atribuyó ser el creador del llamado Latin Funk, sonido neoyorquino de

los años setentas, que combinaba la temática de la vida callejera del barrio latino

y los sonidos urbanos de la gran urbe, fundidos a la vez con los elementos del

jazz y la salsa”. Sánchez-Coll agrega que su Orquesta La Compañía fue una

de las bandas destacadas que tocaron los lunes por las noches en los famosos

Salsa Metes Jazz en el Village Gate. Bobby era hermano de Ray Rodríguez,

incluso, fue miembro y director de la banda de su hermano. Allí, se destacó

como arreglista, compositor, además de tocar el saxofón tenor. También se le

recuerda por su cercanía con Héctor Lavoe.

Quisiera saber

Si te has olvidado

de aquellos momentos…Que juntos pasamos

Yo si los recuerdo… y me causan dolor

Vi como llorabas hipócritamente fngiendo de amor

Jurando que me amarías para toda la vida con el corazón

Yoooo… yo sé que no me querías,

pues las mujeres ninguna tiene corazón

Todo… todo es hipocresía… hipocresía y perdición.

Perdición, perdición, las mujeres bendito que malas son…

(Fragmento canción ‘Hipocresía’. Bobby Rodríguez)

****

Hay en la Fundación Nuestra Cosa Latina dos gustos particulares: el

guaguancó, ese ritmo musical envolvente, y los soneros, aquellos músicos

que sobresalen sobre otros en el movimiento de la salsa. El guaguancó es

la rumba más popular y conocida fuera de Cuba. Es un ritmo rápido, de

seducción, de conquista sexual. Algo así como el símbolo entre el gallo y la

gallina en el momento de la conquista. Es así como el caleño se enamora,

baila, se goza su calle, su barrio. Nadie baila en el país como un caleño. A

veces con pases acrobáticos, pero a veces intenta pegarse al piso y no levantar

su pie para no alterar esa conquista. En otras palabras: remenear la cintura de

arriaba debajo de pie y luego se va agachando dando cintura hasta el piso para

envolver al compañero, a la conquista.

El conguero Mongo Santamaría, fel interprete de este ritmo, asegura que

este ritmo surgió cuando los afrocubanos intentaron cantar famenco. La

Academia Dominicana de la Lengua defne el guaguancó como una modalidad

de la rumba cuya parte inicial del canto toma el carácter de un extenso relato

y que ejecuta en el baile una pareja que lleva a canto un juego de atracción

y repulsión a la conquista de una mujer. La investigadora cubana Marta

Esquinazi agrega que el guaguancó es el género cubano que más se baila –por

encima de la rumba o el bambú- debido al desarrollo de los coros surgidos a

fnales a fnales del Siglo XIX, a imitación de los coros de clave, que poseían

una organización interna y representaban los barrios en los cuales vivían sus

integrantes. Solo por mencionar unos coros fueron famosos en La Habana

Los Roncos, Paso Franco o el Capirote”.

El escritor caleño Umberto Valverde dice que lo más importante de Cuba a

la cultura universal es la música popular. “Es la inspiración de un pueblo, es

el goce masivo, es el frenético canto que da cuenta de la vida en sus alegrías

y tristezas, es el placer, a veces, erótico, del baile. En Cuba esta expresión

ha sobrevivido a todo: a la decadencia de la comercialización y el ambiente

represivo de la dictadura, y al desinterés de las nuevas generaciones. La música

cubana se difundió por las Antillas y el Caribe. Y así se convirtió también en

nuestra música”.

Por otra parte, los soneros son aquellos personajes que pueden cantar de todo,

y todo les sale bien. Es una palabra que le queda bien a alguien versátil. El

investigador puertorriqueño Ángel Quintero escribe en su texto ‘El swing del

soneo del sonero mayor. La improvisación salsera y la memoria del ritmo en

el Caribe y su diáspora’ que el soneo –lo que hacen los soneros- no es más que

una retahíla de palabras que improvisa y que encuentra en el swing su manera

de hilvanar esas improvisaciones, desarrollando modulaciones rítmicas a la

manera del bailador en diálogo con el tambor”. El académico agrega que

“esa improvisación del trovador se da a nivel verbal, manteniendo moldes de

rima, métricos y melódicos prefjados, es decir, es un trocador ingenioso que

“pisa el coro” y comienza el fraseo antes de que el coro complete su estribillo,

alargando el tiempo de improvisación.

Armando Buenaventura, melómano y seguidor de esta fundación barrial de

salsa, dice que busca los espacios al aire libre para buscar un sonido diferente

que no encuentra en su casa, ya sea bajo la norma de unos auriculares o de

unos bafes enormes que no imprimen el ambiente festivo que genera estar

en un parque. “Bajo otros parámetros la salsa se disfruta diferente. Ni en

una discoteca o en la casa de uno, se podría escuchar a un Ismael Rivera,

recordado como el Sonero Mayor, como lo disfrutaríamos al aire libre bajo

la premisa de que los que estamos aquí somos bailadores, salseros, soneros y

melómanos. Ser sonero es un discípulo del diálogo que canta bajo un compás

de música que algunos llaman salsa”. O diría el músico Eduardo Morales la

salsa bajo un sonero es “un nuevo giro de los ritmos tradicionales al son de la

música cubana y la voz cultural de una nueva generación”. Quedan algunos

como Adalberto Santiago o Rubén Blades, por no nombrar al desaparecido

‘Cantante de los Cantantes”: Héctor Lavoe.

Otro melómano de las audiciones dice que Rubén Blades es otro favorito del

grupo: “la protesta de sus canciones que evoca al barrio, la desigualdad y la

pobreza se identifca con nosotros que tenemos que levantarnos todos los días

a crear un mundo porque nada termina de convencernos”, dice crudamente.

Este cronista trae a colación una entrevista publicada en el 2010, en el diario El

País, de Cali, en el que Blades habla de su nueva gira, de sus composiciones y de

su vida en el movimiento de la salsa: “Nosotros disfrutamos la interpretación

de las canciones porque creemos en lo que hicimos. El público se identifca

con las letras porque narran historias de ciudad, de barrio, de gente como

todos, con una experiencia común urbana. Por eso la conexión se produce y

nos afecta positivamente, tanto a nosotros los músicos, como a la audiencia

que nos recibe”.

El músico panameño dice Cali siempre han sido identifcada como una ciudad

que conoce mucho y apoya siempre al género de la salsa. “Tengo ADN

colombiana porque mi padre es colombiano. Mi ADN viene de mi abuela y su

familia, los Bósquez y los Aizpurú, de origen vasco, que dieron muchas fguras

políticas y militares, (el general Rafael Aizpurú, entre ellos). Mi abuela estuvo

encinta de mi padre y lo tuvo en una visita que hacía a Colombia, a fnales de

la década del 20. A los meses, regresó a Panamá y mi padre se crío toda su vida

en Panamá. Nuestra vida está llena de antecedentes, físicos y metafísicos, que

rebasan los aspectos obvios derivados de la ubicación geográfca de nuestro

nacimiento. Por Colombia, siento el respeto que merece como país y como

cuna de latinoamericanos con una conexión muy especial a Panamá”.

Blades, además, evoca su talento como compositor y sonero, algo escaso hoy

entre los músicos del movimiento de la salsa: “Eso no se puede explicar en

palabras ese trabajo de composición y mucho menos del soneo. Si hubiese

una fórmula, entonces todo el mundo lo haría. El entorno es el que estimula

mi proceso de creatividad. La lectura, la curiosidad, la necesidad de reaccionar

ante el estímulo abrumador, todo enfocado desde el punto de vista urbano,

fuera de la camisa de fuerza ideológica, con la mayor claridad y honestidad

posibles”. Luego el músico remata cuando es indagado por querer volver a

Nueva York, donde hace varias décadas emprendieron una movida, esas que

llaman salsera, porque, dice, se siente anónimo: “No es ser anónimo. Nadie

quiere ser anónimo. Lo que uno quiere es poder tener la capacidad de olvidar

la fama, de poder caminar por la calle sin guardaespaldas, sin miedo. ¿Ya se

te olvidó lo que le pasó a John Lennon, en la misma puerta de su casa? (vivió

en el edifcio de Lennon). Uno trabaja y después es como cualquiera. Eso

es lo que busco, desarrollarme normalmente, sin que la fama de artista se

interponga entre mi vida como tal y mi actividad ‘metaescenarios’. Ahora me

preguntaron por una composición favorita. Te digo: después de más de 200

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