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Crónica

Así fue la misión solidaria que UNICATÓLICA realizó en Buenaventura

“A las 5:30 a.m. los misioneros de UNICATÓLICA nos encontramos en la Sede Meléndez listos para emprender una nueva misión, con destino al puerto de Buenaventura.

En el recorrido de Cali a Buenaventura disfrutamos la frescura del aire acondicionado, pues sabíamos que durante la misión el calor de esta zona del Pacífico colombiano nos abrazaría fuertemente.

El reloj marcó las 10:30 a.m. y el bus hizo una única parada, lo que indicaba que habíamos llegado a Buenaventura. Al descender del autobús para recoger las maletas ya se sentía un ‘bochorno’, de inmediato nos dirigimos a la casa de retiros de la Diócesis donde el obispo de Buenaventura, Monseñor Rubén Darío Jaramillo Montoya, nos recibió con un delicioso desayuno.

Con el sol intenso del mediodía y después de una charla con el obispo, fueron llegando sacerdotes de diferentes parroquias de Buenaventura, quienes durante esa semana se convertirían en nuestros aliados para poder realizar satisfactoriamente la misión.

Previamente, se había establecido que con el grupo de misioneros nos teníamos que dividir en cinco subgrupos, con el fin de trabajar con la mayor población de Buenaventura. De esta manera, cada grupo se reunió con su respectivo líder, quien nos llevaría al barrio correspondiente para realizar una serie de actividades durante una semana. Así, cada grupo salió de la casa de retiros con el fin de realizar un buen trabajo y la intención de aprender de las comunidades que nos recibirían, pues son las personas quienes en cada misión nos enseñan más de lo que les aportamos como misioneros.

Desde el primer día de misión creamos un grupo de ‘whatsapp’ para intercambiar fotografías, en muchas de ellas se evidenciaba el grato recibimiento de las comunidades a nuestra delegación. Algunos grupos se hospedaron con todos sus integrantes en un mismo lugar, mientras que otros pernoctamos en casas de familia, que a mi forma de ver, es lo mejor que le puede pasar a un misionero, puesto que al final de la experiencia se gana una nueva familia. 

Durante la semana los grupos trabajaron con diferentes poblaciones y cada día que pasaba se sumaban personas que querían pasar un rato agradable con las actividades que llevábamos a cabo, y aunque al final del día terminábamos rendidos, sudados y muertos de calor, todo eso se desvanecía cuando las personas nos decían “gracias” con una sonrisa en su rostro.

El viernes 29 de junio llegó la hora de regresar a casa. Cada misionero se despidió de la comunidad que lo acogió durante una semana. El Malecón del puerto, un bello lugar para apreciar la vista del mar y sentir la brisa de Buenaventura, era nuestro punto de encuentro para compartir aquellas anécdotas que seguramente nunca vamos a olvidar.

Cada misión realizada siempre deja una huella en nuestros corazones y más cuando se trabaja con personas tan alegres y acogedoras con sus visitantes, por lo tanto, puedo asegurar que esta misión renovó nuestro espíritu para dar lo mejor de cada uno en una nueva misión y nos dejó la certeza de querer dejar siempre en alto el nombre de mi amada UNICATÓLICA”.

 

 

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