ESPACIO PARA PUBLICIDAD 360
Crónica

Un paso a otro mundo

Aún era incierto mi destino ese día, aunque desde la convicción de conocer la ciudad sospechaba lo que iba a pasar. Y Todo por la obsesión de una fotografía.

Se acercaba el medio día de un jueves, de esos que lo hacen pensar que la semana ya está muriendo. El día estaba un poco gris incitándome a quedarme en casa sin embargo no lo logró. Todo tenía una explicación y yo la quería encontrar. Cali, donde quiera que vaya me la describen de manera tan superficial, tan lujuriosa, efímera y placentera, donde el movimiento de las piernas hace que la pista vibre y el dulce de la caña enamore a sus visitantes. Cali, una hermosa ciudad que casi nadie conoce y yo me atreví a hacerlo.

Dejé de ver lo que todos ven para incorporarme a la vida subterránea de la ciudad. Un mundo alterno, diferente y deshumanizado. Nadie tiene porque vivir ahí ni muchos menos pensar que ese es su hogar, ellos no se quieren ir de allí. El Lágrima y La Amiga, no lo puedo creer, son felices. La sociedad es cruel y el olvido es su mayor castigo. La ciudad pasa por encima de ellos y no se preguntan nada, no porque no quieran preguntárselo, sino porque no saben que existen o como hacemos con todos los problemas, los olvidamos.

Por algún momento te has detenido a pensar que sucede debajo de nuestro mundo. Quizá Mike Mignola lo pensó haciendo una alegoría con el mundo de los Trols en la serie de HellBoy. Y no lo exagero, es un inframundo, donde la vida misma adquiere otro concepto. La vida no es un regalo de Dios sino una oportunidad de la muerte.

Foto por: Cristián Montealegre.

Foto por: Cristián Montealegre.

Fui descendiendo. Encontré el pasadizo. Con la ayuda de dos hombres que cubrían su cuerpo con telas largas de color gris, una capucha sacra sobre sus cabezas hasta sus talones y a la altura de la cintura un cíngulo que ceñía sus cuerpos. La labor de ellos en el sector me permitía ingresar sin dejar de pensar que el riesgo no disminuía.  Uno de ellos, el hermano Luis tomó la palabra, mientras el cabello claro de la niña apenas brillaba como solicitando ayuda para salir de aquel lugar y ver la luz del sol, a su lado un joven que entre sus manos tenía lo que para él era la solución a la vida, un trozo de papel recogido del suelo enrollando un polvo que al ser encendido y aspirado dilataba sus pupilas tanto que pude ver como se perdía en la inmensidad de su nada. Los cuerpos de estos dos jóvenes poco a poco se fueron derrumbando hasta perder lo que los médicos llaman conocimiento, sin embargo me atrevo a decir que ellos dos estaban en ese lugar donde las luces y los colores entretienen la mente y detiene el tiempo separándolo en una dimensión paralela de un mundo supuestamente mejor.

El paraíso infernal no podía ser más alentador. Una piel ajada y fracturada por la vejez y el ácido sentimiento del abandono, una mirada sin vida y sin familia, una mujer con la esperanza negra, del mismo color de su piel. Entre sus dedos huesudos se extendía un cilindro blanco que al contacto con el fuego la estela de humo era desorbitante mientras en su otra mano lograba apenas sostener una botella llena de cebada fermentada. Su cuerpo, me fije muy bien, a contraluz dejaba sobre el suelo una delgada sombra como radiografía de su cuerpo. Uno de los religiosos podría haber dicho con plena seguridad que la muerte la contemplaba esperando el último segundo de su existencia. En este inframundo no existe la ley ni la injusticia, todo es como es sin importar nada más. Es más, nada debe de importar pues los ánimos ya se agotaron.

Foto por: Cristián Montealegre.

Foto por: Cristián Montealegre.

El sudor corría por mi frente y el color de mi piel se confundía con el blanco de la droga. Era un lugar al que no cualquiera puede acceder, el jibaro del lugar estaba pendiente de lo que capturaba con mi cámara. El lugar no tenía vigilancia tecnológica y aun así todo se sabía y a nosotros ya nos tenían en la mira como yo a los tres hombres que se dedicaban a pasar el mal tiempo alrededor de una mesa que les llegaba a sus cinturas. La mesa estaba hecha de latas una sobre la otra cubierta con una alfombra. Los dados que lanzaban rodaban sobre la improvisada mesa y el rio Cali a menos de cinco metros amenizaba el encuentro social con su sonido apabullante acompañado del eco que se producía por la estructura de concreto que nos cubría. Dirigí mi mirada hacia el cielo y se observaba un lazo que unía las dos calzadas de la calle 52n donde colgaba ropa y en el centro un árbol que dividía el trazo de la fibra a la mitad.

Nos retiramos de este lugar sin despedirnos, en este caso era lo más cortés no interrumpir su juego. Cruzamos por debajo del asfalto, de la calle que va de occidente a oriente. Era un túnel semioscuro, se sentía la humedad tanto del rio como de la nostalgia del alma. Era como si la alegría se esfumara. A un lado las bases de concreto de la estructura y a la derecha unas tablas de madera corroídas por el moho. Al cruzar este pasadizo subterráneo observé lo efímero que puede llegar a ser el ser humano. De nuevo tres hombres, dos de pie y el tercero en la mitad de rodillas con las manos sobre el suelo preparando la dosis de él y la de sus cercanos amigos. Por un momento no entendían el porqué de nuestra visita, ellos no querían que les tomara fotos pero mi lente les apuntaba y confiando en mi precisión solo tuve que obturar esperando una buena fotografía.

El lugar solo estaba rodeado de latas de madera que formaban barricadas, paredes, divisiones, pasadizos, cambuches y camas. Seguía observando el lugar acompañado de los hombres de Dios. Hasta ese momento comenzaba a conocer la ciudad de Cali, una realidad que pocos pagarían por ver como si lo hacen por los que bailan debajo de la carpa.

Los caminos eran angostos y zigzagueaban. Me detuve por un segundo antes de que el hno que me precedía chocara conmigo. Una mujer con la mirada puesta en el cielo, quieta, inmóvil que ponía en duda su respiración. Ella estaba sentada en el marco de lo que puede creer era su cama. Un estrecho lugar de no más de un metro de alto y lo precisamente largo para entrar en él y acurrucarse. Por un momento pensé que me miraba pero sus ojos taciturnos no manifestaban incomodidad al asecho de mi cámara que la observaba a menos de un metro de distancia. Quise retroceder un paso para tener un mejor encuadre pero ya no había forma, varios hombres, los tres de hace un rato, estaban detrás.

Foto por: Cristián Montealegre.

Foto por: Cristián Montealegre.

El deseo de caminar solo podía ser hacia adelante, di un paso pero mis ojos seguían observando aquella mujer morena como con ganas de saber que pensaba. En ese momento sentí que la fotografía que estaba buscando la pude capturar. No tuve tiempo de saber si salió bien. En ese momento tenía que seguir avanzando. Dimos vuelta en una esquina y ya era la salida al mundo de arriba. Varias personas estaban reunidas custodiando el paso de un mundo al otro. La seña de unos de los religiosos fue entendida y comencé a caminar rápido como él empezó a hacerlo. Pasamos a un camino largo e igual de estrecho, al fondo venía un hombre con cabello largo y ropa ajada con material reciclable en su hombro. Un joven sentado en la mitad del camino fumaba marihuana, todos nos saludamos mientras seguíamos caminado, el pasillo se terminó y como un laberinto habíamos salido por otro punto.

Mi cámara la guarde con velocidad. El destino de ese día ahora se había convertido en una realidad. Mi obsesión por la fotografía me llevo a ese lugar esperando me otorgue el privilegio de conocer más realidades.


1 Comentario

  1. 13 Julio, 2016 en 2:59 pm

    son realidades humanas…pero que cada uno se busca ya sea por que la vida no le dio oportunidad o simplemente le dio muchas oportunidades y sus debilidades y falta de amor propio no lo dejo aprovechar… hay una cancion que si es una realidad ¨UNO MISMO DE TONY VEGA¨…lo que si es una realidad es que a los jibaros los deberian fumigar…esos son una plaga que acaba con la vida de muchas familas.

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

1 Comentario

1 Comentario

  1. 13 Julio, 2016 en 2:59 pm

    son realidades humanas…pero que cada uno se busca ya sea por que la vida no le dio oportunidad o simplemente le dio muchas oportunidades y sus debilidades y falta de amor propio no lo dejo aprovechar… hay una cancion que si es una realidad ¨UNO MISMO DE TONY VEGA¨…lo que si es una realidad es que a los jibaros los deberian fumigar…esos son una plaga que acaba con la vida de muchas familas.

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir a Top