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Cali

Treinta y cuatro años anestesiado

Carlos*, o mejor “Caliche” como le gusta que le digan, porque según él no se siente tan viejo para que lo llamen  “Don Carlos”, es un hombre de 48 años que puede dar cuenta de  la problemática de la drogadicción. Él empezó a consumir cuando era un estudiante en el colegio Lacordaire.

Justamente en esa época llegaron los movimientos estudiantiles, los tropeles a diario, el pelo largo, el movimiento del hipismo y con ello las pepas y la marihuana. Cada fin de semana salía del colegio hacia el río Pance a consumir hongos, ahí empezó el movimiento con los “traquetos”, donde conoció  como se manejaban los procesos de la cocaína y como era la venta de la cannabis.

Foto por: http://www.elmundo.com/

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Para ese entonces, el consumo era mínimo, era prácticamente nulo. La primera vez que consumió,  tenía 13 o 14 años, con un vecino que lo invitó a probar. Realmente la marihuana nunca la vio como un vicio,  básicamente “me la gozaba”, dice Caliche.

Cuando estuvo en la Universidad del Valle (en los años 80), llegaban los indígenas de Corinto con unas tulas inmensas, llenas de marihuana prensada y  vendían una manotada por 100 pesos. Él estaba en clase y cuando salía, ya se había acabado toda la droga, entonces supo que el negocio era bueno, empezó a venderla y ganaba 30 pesos diarios, en ese momento en el que el salario mínimo eran como 11 mil pesos.

“Yo me las invento, digamos, yo me meto a los bancos y cojo un recibo de consignación y papeles de propaganda, luego me meto a las bibliotecas y también saco la propaganda, eso se vende para archivo y eso no es robo, eso esta puesto para que la gente lo lleve y yo como ciudadano tengo acceso a esos papeles”.

Es un tipo hábil, en su momento recibió un apoyo que nunca pensó, en la fundación “Samaritanos de la Calle”. Iba caminando y se encontró “esa piedra en el zapato” ya que para el principio…,  sin embargo lo impactó  el trato digno, el trato humano. Dice que allí no ven la drogadicción como un pecado, que ellos lo que buscan es minimizar el consumo.

Caliche en este momento se encuentra un poco mejor, no ha tenido nunca problemas de salud por este consumo, pero la verdad su vida está anestesiada hace treinta y cuatro años. Las consecuencias por la adicción, no son nada gratas, por  las drogas no está con su amada y a pesar de que recibe apoyo económico de su familia, no es lo mismo, no quiere ser una carga para ellos, y se encuentra esta ciudad, solo, a la deriva con su sombra como única compañía; él ha corrido con la suerte de no tener ninguna consecuencia en el cuerpo, pero si una marca que no se puede borrar, la psicológica.

Caliche  recibió trabajo psicológico por parte de la institución…, en ese momento él despreciaba a los psicólogos y ahora los valora de alguna forma por el apoyo que le entregaron; vive muy agradecido por lo que la fundación hizo por él, sino fuera por ellos,  afirma que lugares como este, son los que aportan a que la sociedad cada vez este mejor, brinda un apoyo tanto físico como psicológico, aportando un grano de arena en la vida de estas personas.

Foto por: http://www.impactony.com/

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“Samaritanos de la Calle”, institución de la Arquidiócesis, fundada en febrero de 1998, nace con el propósito de compartir tiempo y alimentos con personas de la calle, en barrios como Sucre, Calvario, San Pascual, Santa Rosa, San Bosco, entre otras zonas, identificadas como sitios de asentamiento de esta población severamente excluida en la ciudad.

En la fundación  ofrecen jornadas de salud, espacios para hospedaje de mujeres y niños, atención médica en cada una de las casas, servicio odontológico, de psicológico y de peluquería, alimentación, espiritualidad, tratamiento comunitario, organización de empresas asociativas, guardería, aseo personal, y jornadas sociales.

*Nombre utilizado para proteger la identidad de la fuente.

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