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Crónica

Suspiros de doña Telma, los manjares de Puerto Tejada

Los suspiros son unos postres que se dieron a conocer en Francia e Italia en 1960, los comían antes o después de cenar, y en esa época los consumían cuando querían mermar el hambre que les daba en la tarde.

De alguna manera, el alimento se fue extendiendo en el mundo hasta tal punto, que se volvió un dulce típico o costumbre comerlos en diferentes países y ciudades, como es el caso en Puerto Tejada, Cauca, municipio donde habita una mujer de 85 años, de corta estatura, pero con gran carisma, alegría, amabilidad, que lleva en un canasto de mimbre y bandeja sobre su cabeza, sus dulces y deliciosos pasabocas.

La primera vez que Telma Ruth Balanta probó los suspiros fue por Margarita, la nana de su madre, persona que le enseñó cómo hacerlos.

“Hacer suspiros no es complejo, se debe revolver muy bien la clara del huevo hasta que esta quede bien espesa, azúcar y al horno con poca temperatura, salen entre 15 a 20 minutos. Yo, con la yema de los huevos hacía tortas. Cualquiera puede hacerlos, pero mi ingrediente especial es el empeño, el amor, la disciplina y perseverancia que le coloco a lo que hago, no todos se quedan minutos revolviendo bien todo para que quede con buena consistencia. Hay varias personas que hacen y venden, pero nada que ver con los míos’, dice rriéndose.

Ella hizo suspiros por vez primera, el 1 de noviembre de 1951 para el matrimonio de su hermano y a partir de ese entonces comenzaron sus ventas. Fue la pionera en las ventas de suspiros y cuaresmeros o bizcocho hateño en el pueblo.

Realizaba una tanda diaria de 30 suspiros con un precio de 200 o 500 pesos; con lo que se hacía aportaba para la casa, no sostenía a su familia porque no le alcanzaba, pero su madre le ayudaba con ello.

”Yo vendía en todas partes, Puerto Tejada le quedaba poquito a Telma, en ese entonces me recorría todos los lugares, a pesar de que no es abundante ganancia, se vende porque a la gente le gusta. No podía pasar por donde Leticia, una amiga que tuve cuando me encontraba ofreciendo, porque ahí me sentaba a tomar trago”, manifestó exhibía una expresión de estar recordando alocadas vivencias.

Telma Ruth Balanta fue bautizada en Palmira, Valle del Cauca, con ese nombre, pero cuando tenía un año y medio, su madre Bárbara Balanta se fue para Puerto Tejada y allí quedó registrada con el nombre de Alba Ruth Balanta. Sin embargo, en todas partes se le conoce como  ‘doña Telma’.

Cuando era niña estudió hasta 2º de primaria. Al llegar a la adolescencia y su juventud se dedicaba a trabajar en Cali como empleada de servicio. Afirma que tenía otros intereses, otros gustos y precisamente no era el estudio, ‘lo que a mí me gustaba hacer era bailar tango, salsa, guaracha, boleros o el chachachá, eso sí me fascinaba hacer y tomar uno que otros traguitos’.

Doña Telma tuvo 10 hijos (no todos están vivos) y un marido que la abandonó. ”Tuve marido hasta que me llené de hijos, después él me dejó sola”, reitera, pero agrega que recibía apoyo de su madre y asegura que fue la única persona que siempre estuvo para colaborarle en todo.

Los hijos al crecer y madurar han acrecentado su descendencia y hasta el momento ella cuenta con más de 25 nietos y unos 20 bisnietos.

Desde 1953, en la calle 19 con carrera 18, doña Telma habita en una casa ancestral de esas que ya casi poco se ven, con un profundo pasillo, patio grande, lleno de flores, materas, plantas, amplias habitaciones, un lavadero de cemento, diseñado para lavar ropa a mano, que no deja de hacer, para ella lavadora no existe, hasta el horno de leña que hizo construir para hacer sus productos, se conserva en su patio.

Hoy vive con una de sus hijas, Carmen Elena, con los nietos de esta y Mateo, su perro que no para de ladrar cada vez que escucha a alguien irreconocible dentro de la vivienda.

A diario se levanta a las seis y media de la mañana, se dedica a regar las plantas, lavar ropa, sí es necesario, y a descansar porque ha estado enferma, según aclara.

”No siento que me duela nada, en sí no son enfermedades graves, pero me mareo con facilidad, siento que se me infla de aire la cabeza y un poco de asfixia y es eso lo que me ha impedido hace 3 semanas dejar de trabajar, dejar de hacer los dulces”.

Doña Telma se convirtió en un ícono en el pueblo, recibe invitaciones de la alcaldía para las fiestas pueblerinas y regalos y es muy reconocida, tanto que ahora que está en tal condición, van hasta su casa a buscarla para que les venda.

Es su hija Carmen quien recientemente hizo los dulces para unas personas que se iban a vivir a Chile, quienes le dijeron que adonde ellas fueran querían llevar ese aperitivo.

Doña Telma, para la edad que tiene y todo lo que le ha tocado vivir, sigue erguida, con energía, con una alegría que contagia y parecen que los años no le afectaran.

Ella tiene sus ojos claros, a veces se le notan verdosos, a veces grises y llorosos, sus hermosos cabellos llenos de canas que descifran sabiduría, experiencia y vida; utiliza un collar con colores jamaiquinos (verde, amarillo y rojo), un dije de la virgen María, un vestido de flores en el que encontró un espacio para colgar las llaves de su casa, bufanda azul claro, en chanclas.

Sentada en una silla plástica azul, pequeña, con un poco de temblor corporal y sus abundantes arrugas, se le ve afuera o al frente de su casa viendo pasar el día, disfrutando del clima.

Analiza al que pasa, conversa con sus vecinos, hasta ella van para que cuente historias pasadas de su municipio, se da cuenta que su memoria no la traiciona, a todos impresiona y educa con sus relatos.

No para de observar y reconoce a aquellos niños y jóvenes que entran a las pandillas, a las drogas, ya que vive en un barrio marginal del pueblo y ella piensa: ”En mis tiempos nuestro peligro y adrenalina era escaparnos para irnos a bañar al río porque al llegar sabíamos que nos esperaba una tunda, nos divertíamos jugando a la lleva, al escondite, tantas cosas sanas y divertidas. Y estos muchachos de hoy en día no lo hacen, todo cambió”.

La artesana de los suspiros de Puerto Tejada les deja una reflexión: ”Ellos deberían buscar ayuda, el gobierno debería tenderles la mano, es mejor que estudien, que se eduquen y que puedan progresar y obtener sus deseos, sin necesidad de lastimar a los demás”.

Cree en Dios Padre, testifica que Él es el único y en quien cree, le pide que le devuelva lo que era, refiriéndose a su salud para continuar en lo que era su día a día, y termina diciendo: ”Mi salud no se puso así porque sí, sé que hay algo que existe, algo que nos contamina y le pido a Dios que me quite las malas influencias. Si Dios me permite, seguiré haciendo cuaresmeros, tortas y los suspiros que tanto encantan hasta que me muera”.

Y sí Dios le cumple, ¡habrá doña Telma para rato!

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