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Opinión

Somos Nazis

Hace un par de años escribí la siguiente opinión pero desistí de publicarla por los desánimos que suelen rondarme. Los hechos puntuales a partir de los cuales reflexiono son del pasado, quizá algunos los recordarán, pero el asunto de fondo permanece intacto, o aún peor, así que estas breves líneas, considero, no han perdido pertinencia. A continuación, ‘Somos nazis’.

Anoche me fui a la cama viendo una película sobre la vida de Hannah Arendt, y esta mañana me desperté escuchando la noticia de una niña muerta en Colombia por negligencia médica. ¿Qué pueden tener en común estos dos asuntos? Llegar a la terrible conclusión de que somos nazis.

En la película, el personaje de Hannah Arendt decide cubrir periodísticamente un juicio en Israel a un militar nazi capturado. Los artículos producidos por Arendt resultaron molestos entre la comunidad judía, pues en ellos, entre otras cosas, Arendt cargó responsabilidades sobre líderes judíos en el volumen de víctimas del holocausto. Sin embargo, no es esto lo que me resultó más poderoso e interesante, sino aquella tesis que construyó a propósito del militar nazi, tesis que la comunidad judía entendió tontamente como una defensa al alemán. La tesis es la siguiente: el militar nazi fue despojado de su capacidad de pensar, quedó reducido a un funcionario que ejecutaba la ley, las normas y los procedimientos que le fueron encargados. Y la tesis es precisada de la siguiente manera: cualquier ciudadano del común a quien le sea despojada su capacidad de pensar, puede terminar siendo el más atroz criminal que actúa con la más absoluta tranquilidad. Esta tesis fue trabajada en la película El lector, cuyo telón de fondo fue también el holocausto nazi. Estoy convencido que eso es lo que nos está pasando, somos una sociedad de nazis; es decir, nos ha sido despojada nuestra capacidad de pensar y estamos siendo reducidos cada vez más a obedientes funcionarios que cometemos en silencio los más terribles crímenes, y lo peor, con impunidad absoluta.

La historia de la niña muerta (¿asesinada?) es la siguiente. La niña enfermó con síntomas de fiebre, vómito y decaimiento. Los padres la llevaron al médico pero una funcionaria dijo que no podía recibir la atención porque el padre aparecía vinculado a dos sistemas de salud. La empleada estaba haciendo eficientemente su trabajo según las funciones asignadas. Con el pasar de los días la niña fue empeorando su condición y, cuando ya no había nada que hacer, de un centro asistencial llevada de urgencia fue trasladada al Hospital Universitario del Valle, donde falleció a causa de un paro respiratorio. La niña tenía dengue. ¿Con cuánta frecuencia es esta nuestra cotidianidad no sólo en consultorios médicos? ¿Cuántas veces hemos escuchado, en medio de situaciones absurdas o flagrantes abusos, la respuesta “yo sólo estoy haciendo mi trabajo” en boca de médicos, abogados, secretarias, guardas de seguridad, agentes comerciales de bancos o compañías de telefonía, etc.? Sin duda alguna no pueden ser eximidos de responsabilidad, pero yendo al fondo, que era el sentido de Arendt (incomprendido por la comunidad judía sedienta de venganza y no de justicia), ¿qué tipo de sistema es el que opera en una sociedad para reducir a las personas a autómatas, despojando su capacidad de pensar y, por tanto, a desobedecer? Si, la desobediencia es una de las mayores virtudes del ser humano, pues le exige pensar por sí mismo y, con ello, hacerse responsable de los actos que realiza. Pero hemos sido criados en contra de Kant, en contra de la libertad, hemos sido criados en la obediencia. La obediencia en la autoridad: la autoridad de nuestros padres en el seno del hogar, la autoridad de nuestros profesores en el seno de la escuela, la obediencia a los medios de comunicación sobre lo que nos ocurre (si sale en la televisión lo damos por cierto). En fin, una condena a permanecer en la minoría de edad, y cuanta mayor sea nuestra minoría de edad, mejores serán las retribuciones del sistema: médicos premiados por no salirse de las recetas estipuladas, arquitectos premiados por no salirse de las medidas de las VIP (viviendas de interés prioritario), profesores premiados por no salirse de la tabla de contenidos cumpliendo el tiempo establecido. Todo esto con el eufemismo de, entre tantos posibles, “sistemas de gestión de la calidad”. ¡Cárceles! Son verdaderas cárceles para encerrar mentalmente a las personas, para domesticarlas y para procurar borrar cualquier asomo de duda o de iniciativa contraria a lo establecido. Y si acaso llegase a existir asomo alguno, sanciones. En última instancia, sociedades obedientes bajo el régimen del terror.

En el fondo, pues, somos una sociedad de nazis: obedientes funcionarios que ejecutamos nuestras (tareas) funciones, causando con ello muertes y precariedad de vida en el cotidiano. Somos una sociedad que vive silenciosa, impune y permanentemente en un holocausto. Y para nuestro regocijo moral, cuando atrapamos a un criminal, descargamos toda nuestra venganza sobre aquel, perdiendo de vista el sistema que lo ha cultivado y que es él uno de nosotros: un nazi. Un vivo ejemplo fue el señor aquel que cometió la imprudencia, con fatales consecuencias, de agregar gasolina al carburador del bus que conducía y que transportaba un grupo de niños que resultaron muertos. ¿Qué dijo aquel humilde señor? Yo estaba haciendo mi trabajo. Quizá esa hubiese sido la respuesta de muchos de nosotros en nuestras respectivas esferas laborales.

 

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