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Opinión

Siembra, piedad y cosecha

Virginia Woolf escribió sobre la importancia de una habitación propia para la mujer; hoy, tras ver la película Siembra, pienso en la imposibilidad de un baño propio para aquellos que viven en algunos de los sectores más deprimidos de la capital del Valle del Cauca; la película me remontó a la ocasión en que un grupo de estudiantes de la Normal Superior Santiago de Cali presentó un informe que decía: “las ideas de autocuidado e higiene se usan como pretexto para segregar a los niños más pobres, hemos sido testigos de cómo a quienes provienen de La Invasión los dejan por fuera del aula porque “no se han bañado””.

La líder de aquel equipo de trabajo era una mujer dispuesta a enseñarle inglés a los niños desescolarizados del Vergel con la intención de “darles herramientas para que se defiendan de la crueldad de un mundo dispuesto a tirarles sin consideraciones”; recuerdo que no pude contener las lágrimas ante una de las conclusiones del trabajo: “no es posible suministrar jabones de olor a los niños excluidos, pues sería someterlos al riesgo de ser agredidos por robárselos”.

Ante este tipo de circunstancias, la esperanza por aquellos que trabajan dentro de las comunidades, esos que no necesitan hacer fila ante las vanidades, sujetos en los que no ha calado el mordisco de la quimera de los reconocimientos, quienes son capaces de advertir la grosería que significa convertir en espectadores de alfombras rojas a aquellos que corren el riesgo de desangrarse sobre la tierra desnuda de asfalto.

Cali hoy se sorprende ante las cifras, alimenta ante ellas a sus costumbres reaccionarias, mientras pasa por alto a las circunstancias y los ciclos vitales de quienes son condenados a “las goteras”, como suele llamarse a esos sectores donde la gente se disputa las migajas; esta ciudad persigue a aquellos que le justifican los temores, pero insiste en no ver las semillas de la tragedia que crecen sin la consideración y el afecto que se requieren para que lo inclusivo deje de ser política pregonada y se convierta en poética, costumbre y elemento constitutivo de la naturalidad de nuestros gestos ante las diversas circunstancias de aquellos con los que compartimos el territorio.

Sé que pedir que la piedad anteceda al temor, en medio de tantas historias de lo irreversible, no será de buen recibo por parte de muchos que ya son prenda del “reaccionarismo”, pero he de correr el riesgo de invitar a leer más las cifras de la marginalidad, los relatos de la exclusión y los rostros de la vulnerabilidad que los titulares espectaculares de las prensas sensacionalistas, para que la noción del control se venza y de paso a las formas de un transformacionismo consecuente.

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