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Crónica

Pacífico, un diamante gris

Foto por: Jose Luis Collazos

Foto por: Jose Luis Collazos

Donde menos se imagina se logra encontrar una tierra de fantasía. Y no es precisamente porque vivan en ella princesas o hadas, sino por su abundante calidez humana, atardeceres con colores mágicos y sabores exóticos.

Pocos han tenido la oportunidad de apreciar de manera directa lo que se vive y se siente en el Pacífico colombiano, estar inmerso es su amplitud cultural y rodeado de toda la naturaleza que estos paisajes, algunos todavía vírgenes, pueden ofrecer.

Foto por: Jose Luis Collazos

Foto por: Jose Luis Collazos

Compararla con otras playas no tiene sentido, pues cada una tiene su propio ‘sex appeal’ y no es precisamente lo que se podrá apreciar en este texto.

Ahora bien, esta es una pequeña muestra de lo que el diamante gris de Colombia tiene para ofrecer: gente humilde, amable y sonriente que busca brindar solo experiencias positivas en los que visitan de manera voluntaria sus tierras. Un sinfín de platos en los que el principal ingrediente es ese toque secreto que solo las cocineras de tez negra pueden darle a cada comida y toda la alegría que la música tocada con yembés y demás instrumentos de percusión pueden transmitir.

 

Foto por: Jose Luis Collazos

Foto por: Jose Luis Collazos

Para dejarse enamorar de estos paisajes es necesario saber que se está próximo a vivir una especie de aventura extrema y todo comienza llegando vía terrestre a la bahía de Buenaventura, que está a solo 2 horas de la capital vallecaucana.

Desde la isla de Cascajal y abordando una lancha en la cual se brinca sobre las olas del mar durante una hora más y yendo hacía el norte está La Barra, una playa de arena gris en donde llegan las olas con su sonido único y gentil que se lleva cada preocupación que concierne a quien lo escuche.

Foto por: Jose Luis Collazos

Foto por: Jose Luis Collazos

Al llegar, se puede apreciar la sonrisa que va de oreja a oreja de sus habitantes. Personas trabajadoras que han logrado sobrevivir con lo que la tierra les brinda. Pulseras hechas con hojas de palmas, sombreros tejidos con capachos y artesanías de barro son los recuerdos que todos pueden traer consigo a casa.

Las casas construidas con madera, que sobreviven a la marea alta de las noches y subidas sobre estacas, son los testigos de lo que pasa en este pedacito de mundo, aislado de la cotidianidad y avances tecnológicos. Lacustres hechos con amor, sacrificio y algunas necesidades demuestran que para ser feliz no es necesario tener lujos y excesos para vivir más que lograr identificar la razón, algunas veces muy simple para hacerlo.

Foto por: Jose Luis Collazos

Foto por: Jose Luis Collazos

De regreso a la urbe no queda más que una mezcla de sentimientos, entre nostalgia y anhelo de volver pronto para dejarse seguir cautivando por cada uno de esos rincones alejados de la monotonía y cotidianidad, además de la gran necesidad de poder apreciar más y mejor lo que se tiene al alcance de las manos.

 

Foto por: Jose Luis Collazos

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