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Opinión

Número, circunstancia e importancia

Algún obtuso quiso poner por debajo del youtuber a Svetlana Alexievich, el argumento es baladí: “había más gente interesada en conocer a la celebridad chilena que a la Nobel nacida en Bielorrusia”; Corferias es un sitio, un solo sitio, no es el centro del mundo, una cola en ese recinto no es significativa ante los miles de lectores que cuenta “La Guerra No Tiene Rostro de Mujer”, en los más diversos idiomas, en cientos de países y con distintos afanes y búsquedas.

Sorprenderse ante una fila es el gesto del que requiere evidencias para justificar su obediencia por el vacío. Hace mucho se instaló el dictamen del número, por eso hay que entender que la densidad de miradas no le da el valor a un objeto, una expresión o a un sujeto, el “manda a callar” de los likes y de las visitas no es más que un elemento del marketing requerido por aquello que en sí es insustentable así se venda como incontestable.

Todo lo que he visto alrededor de la sublimación de la informalidad en el cuerpo de uno en el que lo casual es otro elemento para la sospecha me ratifica en una idea: nuestras adolescencias son cosa de varias generaciones acumuladas, tiempo de condena a lo fácil que no exige crecer; la pubertad que nos negamos a abandonar ya es rayana con lo enfermizo, pues nuestras realidades requieren madurez en la mirada, pero los medios para alcanzar esa capacidad de significar están tomados por imberbes que se confunden en la peor definición de la palabra “gracia”.

El youtuber no es más que una crónica de la visita al ombligo, una colección de claves para leer los no lugares del consumo, una retahíla acelerada de un muchacho entusiasta que habla rápido y sin decir nada, que no ha de asumir nunca temas fundamentales que afectan a la mayoría de los jóvenes del mundo: las distintas orfandades, los desarraigos, los consumos de distinta laya, la pérdida de garantías en la construcción de sus realidades futuras; en la voz de este “hijo de la casualidad”, la mirada que se detiene sólo en lo accesorio, el triunfo de lo sucedáneo; en su exagerada ponderación, la grosería eternizada de un clase que tiene con qué comprarse las legitimidades en el mundo, el “las cosas son así” de quien sólo considera la existencia de aquello que reconoce.

Desde hace mucho la informalidad nos tiene agarrada la cabeza por la base del cuello y nos la restriega contra una pantalla donde sólo existe aquello que ratifique las esquizofrenias de una sociedad que requiere sorprenderse por el maremágnum del ruido para poder renunciar a la apuesta cerrada por el vacío, pero insiste en consumir a placer la burla, la miseria, la violencia, la brutalidad. Hoy las valentías se dan para defender la bobería, mientras se elevan los reclamos por pretender que los jóvenes lean textos dónde “un hombre se convierte en un bicho”, donde un sujeto decide convertirse en parte de las ficciones que le conmueven, donde se vea el drama de las guerras y se reflejen los riesgos de un mañana donde el veneno está esparcido con colores vívidos en lo que antes era el paisaje idílico; se pretende sólo queden las angustias de centro comercial, triunfen las formas de lo fragmentario y lo frenético que siembra las carcajadas artificiosas que cubren a un mundo donde en lotes cada vez más densos los jóvenes son lanzados a las máquinas de destripar de las diferentes mafias.

La necesidad por el “no contenido” es una cosa dónde la terapia devino en enfermedad, la urgencia de aligerar la relación con un mundo cada vez más violento ha hecho que se vendan por miles las huellas de los diversos escapes. La búsqueda inicial de este laboratorio de la escisión ha logrado sus objetivos: “pasar del cerrar los ojos a voltear la cabeza y de ahí al abucheo de lo que nos permite entender la enormidad de lo no grato”.

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