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Crónica

Mi primera vez en el MIO

Un lunes muy temprano, alrededor de las 5:00 a.m., mi mamá me levantó con la frase: “No te puedo llevar a la universidad”. Ese día ella tenía que abrir más temprano la clínica, por solicitud de unos pacientes, y  el trancón que se suponía le esperaba para devolverse sería impresionante, por lo que  no alcanzaría a llegar a tiempo.

Sentí que mi mente se congeló. No sabía qué hacer, si faltar a la universidad, irme en taxi o coger bus; minutos después mi mamá regresó con una tarjeta del MIO, diciendo que la utilice aunque fuera la primera vez; a regañadientes le seguí el juego.

Pero reflexioné y acogí la recomendación de mi mamá. Saliendo de la ducha, mi papá me explicó dónde cogía el alimentador que me llevaría a la Estación Universidades. Más tranquila con las indicaciones, me vestí, bajé, desayuné, me lavé la boca y estaba lista para salir.

Según la explicación de mi papá, tenía que caminar hasta la Avenida Pasoancho y encontrar la  parada del MIO. Alrededor de las 6:00 a.m., a pesar de que todavía no estaba totalmente claro, sentía como si la gente me clavaba la mirada, viéndome caminar sin un rumbo fijo, y con miedo de que alguien me estuviera persiguiendo.

Con esa obsesión y casi rayando en paranoia, fueron los minutos más agobiantes, hasta que por fin llegué. La parada del MIO se me hizo maravillosa y, más aún, cuando vi llegando ese busecito azul, pensé que nada podría ser más perfecto: llegaría  temprano a clase. Entonces me subí, pase la tarjeta y me senté.

Había  una cantidad de personas de diverso aspecto,  pero todas con el mismo fin: llegar a tiempo a su destino. Pero con cada minuto que pasaba se percibía el desespero de muchas de ellas, por la manera como miraban el reloj o como contestaban el celular, diciendo que ya estaban cerca.

El reloj parecía que cada vez corría más rápido, y lo único que pasaba por mi cabeza era la exposición súper importante que tenía  a las 7:30 a.m. Me retumbaba en la cabeza la voz del profesor, especificando que había que llegar más temprano para montar todo el material y empezar a tiempo.

En la estación Universidades todo cambió, el tiempo corría lento, la gente no estaba  azarada, y no me sentía en una jaula.  En ese instante, ya tenía un pie en la estación y otro en la universidad, pensé que todo estaría bien, llegaría justo a tiempo para organizar todo con mis compañeros.

Pero no me percaté de la multitud en ese vagón y que por alguna razón, i iban al mismo lugar, pues hicieron fila en la misma que me servía a mí.

Sentí como si me tragara la tierra, no entendía por qué me estaba pasando a mí, mi primera vez en el Transporte Masivo.

Poco a poco la ira iba brotando, los segundos parecían minutos y los minutos parecían horas. Cuando llegó el MIO, me pude camuflar entre la multitud, no estaba dispuesta a esperar un segundo más, y lo logré, pero ¡oh grandiosa sorpresa!, cuando veo el trancón tan terrible que me estaba esperando y nada que avanzaba. Decidí no estresarme más, solo me quedaba esperar, ya estaba resignada a que el profesor entendiera la situación y me creyera.

Mi angustia fue disminuyendo cuando vi la parada, llegamos y me bajé en un dos por tres. Caminé tan rápido que parecía corriendo.

7:45 a.m. por fin llegué con el corazón en la garganta. El salón casi vacío, el profesor diciendo que comprendía  el retraso de todo el mundo,  él también había pasado por similar situación.

Sus palabras lograron que mi corazón empezara  a latir de manera normal. Y entendí que el MIO no tenía la culpa de lo que me había pasado, las personas que en algún momento pensé que me estresaban, también estaban esperando por algo importante. Y comprendí que “de las carreras solo queda el cansancio”.

Fue un día de nuevas experiencias, logré salir de mi zona de confort al tener que tomar otro medio de transporte para llegar a la Universidad, lo cual me pareció importante y así estaría preparada para la próxima vez..

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