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Perfiles

‘Marquitos’, vendedor de insomnio

El insomnio hace parte de su vida. Dormir en la noche es algo imposible. Y las grandes ojeras que rodean sus ojos es la muestra de ello. Noche a noche, este hombre, de más de 80 kilos de peso, piel blanca, con un peculiar hablado pastuso, se balanza sobre su fiel compañera para emprender un viaje nocturno lleno de pericias y anécdotas.

Son las 10 de la noche de un jueves. ‘Marquitos’, como lo llama su familia, empieza a preparar su ‘equipaje’: termos de café, cajas, cucharas, leche, chocolate, servilletas y bolsas. Todo en una canasta de color rojo, como esas que lucen las señoras en las que en los mercados de barrio venden las frutas, está atada de forma artesanal a su caballo de batalla, una vieja motocicleta que ya no se le reconoce el color y mucho menos su marca. “Tiene más papeles un burro”, dice el hombre.

A esta hora, el cielo está lleno de nubes y muestra que será una noche fría, con algo de lluvia. Marco Polo –como de verdad se llama ‘Marquitos’- se despide de Esperanza, su esposa, con un beso tímido y con una sonrisa nerviosa mientras ella le bendice con su mano derecha. Él siempre lleva dibujada una sonrisa.

Marco Antonio Burbano tiene 52 años y nació en San Pablo, Nariño. Llegó a Cali hace 30 años en busca de nuevas oportunidades de vida para él y su familia. Desubicado y sin experiencia, comenzó a trabajar como vigilante, pero “cansado de trabajarle a otro”, un día decidió independizarse e inició lo que para él significa “su mayor bendición”: su trabajo, con el que ha sacado adelante a Daniela y Dayani, sus dos hijas.

Hace 25 años, sale de su casa a las 11 de la noche. Su barrio está en el corazón del Oeste. En una moto, que más que un medio de transporte, es su sustento es la vida misma. Su vida gira entorno a la comida, él y su esposa, se han convertido en todos unos expertos en preparar papas rellenas, empanadas, arroz con pericos, arroz con pollo, pan con huevo, entre otros. Es con todo esto que Marco sale noche a noche a recorrer las calles de la ciudad.

Desde que baja por “los barrios de las familias más adineradas de Cali: Santa Rita, Santa Teresita”, se puede identificar a sus clientes; vigilantes, taxistas, y habitantes de la calle son a quienes Marco calma su hambre.

Por el sector hotelero del Oeste, el hombre se adentra en sitios en los que nadie lo acompaña. Cuando regresa continua tomando pedidos. “Las muchachas están trabajando y tienen hambre”, dice. Ya les conoce el nombre y hasta sus gustos. Carismático como siempre, deja en plena vía peatonal su motocicleta con su canasto, los vigilantes de aquellos sitios nocturnos le dan la mano en señal de que cuidan de ella.

El sector, aunque se encuentra bastante solitario, se escucha silbidos de vigilantes que le salen al paso por su ración. Arroz con pericos parece ser lo que más se ha vendido hoy, los termos de chocolate ya están bajos pero el café aún está caliente.

En el sector de la tercera norte, Marco se adentra por más prostíbulos o reservados que no tienen cartel, pero él entra como ‘pedro por su casa’, y es aquí donde se queda más tiempo, entra y sale varias veces “son más personas que requieren de mi servicio”, dice serio.

A las 3 de la mañana, y aún con su sonrisa tímida, Marco dice: “falta poco, solo faltan los enfermos”. Estos los llama a todos sus clientes ubicados cerca de la Clínica Versalles, donde según él, termina su recorrido. Algunas personas que van en sus vehículos también compran los manjares de Marco, pero ya no hay casi nada en aquella canasta, solo un par de cafés y pan con perico, son los que faltan.

La noche fría arrasó con las cajas de comida y panes que traía. Sin embargo, aún tiene unos cuantos cafés que son devorados por sus amigos taxistas de la bomba de Las Américas, donde este hombre, bajo los efectos del insomnio, llega para terminar su jornada.

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