Opinión

La salsa no es un género, es un movimiento social

La música salsa es un movimiento social que se ubica entre lo popular y lo masivo. Se entiende como movimiento social a un grupo de “actores políticos colectivos” que mantienen diferencias con partidos políticos o grupos de presión e interés. Según el investigador español Salvador Marti i Puig, estos actores políticos colectivos comparten “una relativa estabilidad organizativa, una comunidad de objetivos, ideas e intereses entre sus miembros, una línea de acción coordinada y organizada y finalmente la voluntad de intervenir en la política incidiendo así en la gestión de un conflicto social”. Agrega el estudioso que estos movimientos sociales “tienen una débil estructura orgánica, su discurso, generalmente temático o transversal y la naturaleza de sus recursos, que no suelen ser mayoritariamente de carácter material, sino de carácter simbólico –como la cohesión, la disciplina y el compromiso de sus miembros”.

El escritor y crítico de cine caleño Umberto Valverde recuerda, en un texto de 1975, cómo el movimiento social de la salsa irrumpe en Cali como protagonista de la vida cotidiana de la ciudad. “La salsa se ha puesto de moda como texto periodístico. Antes existía en la clandestinidad, en los bares y grilles de los barrios populares, pura y auténtica, con bailarines de noches enteras, sin show, ni vestidos cortos o bolerones, ahora trata de moverse ciertos intereses de personas que nunca en su vida sintieron lo que es escuchar al ‘jefe’ Daniel Santos a las cinco de la mañana, bailar ‘Pachanga brava’ los domingos en el Séptimo Cielo, o cantar ‘Las Cuarenta’, a grito abierto y en coro. Se trata de comercializar, de vender al mercado y sacar prebendas, de patentar una fórmula, un salto o una pareja, que como ella, hay muchos en Cali, y saldrán más porque eso es un proceso natural, de una condición, un ambiente y una forma de ser. Todo eso que se da tan espontáneamente, quiere encasillarse en un gran Palladium, el sueño dorado de dólares. Es cierto que la historia se repite, como tragedia y comedia. Por eso, lo que se pretende es hacer la caricatura de algo pasado y superado. Nadie puede repetir La Habana de los 50”.

Entendiendo esa definición y ese contexto histórico, las asociaciones de melómanos se caracterizan por ser colectivos culturales y musicales, o en su medida, subgrupos de estos movimientos sociales que divulgan una música especializada así como formaciones alternativas que hace un culto a la música cuya difusión se ha alejado de las emisoras comerciales. A través de asociaciones, fundaciones, colectivos, grupos o instituciones han creado fuertes lazos de control social que propone vínculos y solidaridades de los integrantes con el barrio, la ciudad, el país así como diferentes estamentos socioeconómicos y socioculturales de la ciudad a través los melómanos y la música, dicen decenas de teóricos sobre la música y su entorno.

Igual piensa, estos investigadores que estos grupos han afianzado de manera colectiva sentidos de pertenencias y se proyectan mediante convocatorias abiertas y así dan a conocer sus tesoros musicales que aguardan en hogares desde hace décadas. Superadas las barreras intergeneracionales, estas agrupaciones que se crean en los barrios han encontrado en la música, especialmente en la salsa y los diferentes ritmos que esta protege y promueve, la oportunidad de identificarse como grupo o comunidad para un control social de su entorno o proponer vínculos o solidaridades. Entonces, la salsa no es un género, es un movimiento social poderoso.

El politólogo alemán Joachim Raschke reafirma el movimiento social como “un actor colectivo que interviene en el proceso de cambio social”. El teórico añade que “los movimientos son un contexto de acción colectiva formada por individuos ligados entre sí. No son simples ‘medios’ del cambio social, ni la pasiva expresión de tendencias sociales de cambio, sino que, en su medida, son actores que se involucran activamente en el curso de las cosas con el fin de influir sobre ese desarrollo”. Marti i Puig agrega que un movimiento social es un agente de influencia y persuasión que desafía las interpretaciones dominantes sobre diversos aspectos de la realidad, incidiendo así en todos los ámbitos. Esos ámbitos –dice- son simbólicos, interactivos, institucionales y sustantivos. “Ámbito simbólico porque es un sistema de narraciones que pretende crear nuevos registros culturales, explicaciones y prescripciones de cómo determinados conflictos son expresados socialmente; ámbito interactivo porque es un actor político que incide en el conflicto social; ámbito institucional porque incide e impacta en (transformado o tensionando) los espacios que regulan y canalizan las conductas de los actores y ámbito sustantivo porque es un instrumento de cambio de la realidad”.

Así es como esta música y su entorno se traduce como un movimiento social por excelencia. Entendiendo eso, como lo dice el escritor e investigador venezolano César Miguel Rondón, “la salsa ha de ser la música que representa plenamente la convergencia del barrio urbano de hoy, pues entonces ella ha de asumir la totalidad de los ritmos que acuden a esa convergencia. La salsa, pues, no tiene nomenclatura, no tiene por qué tenerla. La salsa no es un ritmo, y tampoco es un simple estilo para enfrentar un ritmo definido. La salsa es una forma abierta capaz de representar la totalidad de tendencias que se reúnen en la circunstancia del Caribe urbano de hoy; el barrio sigue siendo la única marca definida”.

El periodista caleño Medardo Arias Satizabal dice que “aunque Cuba dio las claves rítmicas, fueron los músicos puertorriqueños afincados en Nueva York, los que permitieron, junto a la bomba y la plena, y la apropiación particular ‘neoyorriqueñamente’ caracterizada del sonido cubano, la fragua de la salsa”. Arias Satizabal se arriesga a nombrar una decena de músicos que ‘cocinaron’ –como él mismo lo dice- lo que hoy se conoce como salsa: Tito Puente, Jhonny Pacheco, Eddie y Charlie Palmieri, Bobby Valentín, Pete Rodríguez, Richie Ray, Willie Colón, Ray Barreto, Joe Bataan, Rafael Ithier, Kike y Papo Lucca, Roberto Roena, Manny Oquendo y Milton Cardona.

El arquitecto y urbanista colombiano Ricardo Tapia concede el concepto de barrio como una unidad territorial dotada de ciertas características propias y distintivas que marcan una relación de particular frente al conjunto de la ciudad. Entre éstas, se destacan la conformación de una fisonomía y una morfología determinada que definen su individualidad, la conjugación de una o más actividades prioritarias que permiten el desarrollo de una cierta autonomía funcional, y por último el establecimiento de relaciones sociales significativas entre sus habitantes y el territorio que ocupan”.

Hay una definición de barrio que entregan los teóricos del urbanismo Pierre Merlin y Francoise Choay: “fracción del territorio de una ciudad, dotada de una fisonomía propia y caracterizado por las tranzas distintas que le confieren una cierta unidad y una individualidad. Dentro de ciertos casos, el nombre del barrio puede ser dado a una división administrativa, pero la mayoría de las veces, el barrio es independiente de todo límite administrativo. Se habla todavía de barrio para designar la comunidad de los habitantes de una parte de la ciudad”.

Desde esta perspectiva conviene decir que el barrio es ese núcleo social de goce y disfrute que ven los caleños en el movimiento social de la salsa. Eso se nota mucho en el barrio donde toda su cultura musical queda impresa en la sonoridad de esos músicos que habla Arias Satizabal y que calaron para siempre en el barrio, en los salones de baile, en el universo de la radio y en las casas disqueras que aún graban esos románticos de la salsa lo que generó que todo ese mundo musical ajeno se volviera parte de la ciudad. El periodista sostiene que este movimiento social es hijo de muchas razas. “Pertenece por igual a Cuba, a Barlovento, a Buenaventura, a Cali, o a Quibdó, a orillas del río Atrato”. Esta música ha permanecido en la memoria colectiva de una ciudad casi de manera autónoma, mostrando en sus ciudadanos un desarrollo cultural diferente como asociarse mediante la música y así producir experiencias socioculturales relevantes para sus vidas. Así fue como aparecieron las discotecas, las ‘bailotecas’, las ‘salsotecas’, los ‘aguaelulos’ y diferentes escenarios que fueron los lugares donde se gestó y promocionó la salsa e incursionó en la memoria de los ciudadanos que vieron esa música como propia a pesar de ser manifestaciones musicales y culturales migratorias y no autóctonas.

Es así como a finales de los setenta, Cali surge esta curiosa cultura musical adoptada de otro contexto que se referencia como movimiento social y que pareciera que naciera, creciera y se desarrollará en esta ciudad, solo con la visión de que sus ciudadanos se apropiaron de este sonido para ya no dejarlo ir. La investigadora y lingüista María Isabel Rodríguez González, junto con otros autores, sostiene que la “cultura musical constituye la identidad de cada pueblo y cada lengua, se compone de algo más que monumentos. Nace y vive en la calle, entre la gente, se ve, se siente y se tararea. ¡Sí!, se tararea con melodías de moda o con ritmo de rumba, se escucha en la radio, en los bares, en el autobús…”. Hoy, hablar de Cali es hablar de salsa, como se habla de tango en Buenos Aires, o samba en Brasil, o jazz en Nueva Orleans.

El filólogo Javier Santos Asensi sostiene que “lo musical es mucho más que una manifestación artística, es un fenómeno cultural que no conoce fronteras y que actúa, por una parte, como reflejo de nuestras actitudes y convicciones personales, y por otra, como espejo de la manera de sentir y relacionarse de una sociedad en una época determinada”. Esa época son los finales de los años setenta cuando irrumpe este movimiento para nunca más desaparecer de su entorno.

La especialista en música Marta Herraiz Portillo argumenta que “el ser humano que habita en cada uno de nosotros nos diferencia del resto de los seres vivos por nuestra capacidad de emocionarnos, y es así como la música consigue explorar y penetrar en nuestra conciencia emocional, transfiriéndonos una serie de emociones y sentimientos que forman parte de nuestra historia sonoro-musical. Este archivo sonoro que cada uno almacenamos dentro nos genera una identidad, por un lado individual como seres autónomos y únicos, y por otro como parte de un grupo social y de una forma más global se convierte en un lenguaje emocional que nos conmueve como seres humanos universales”.

Herraiz Portillo agrega que al considerar la música como un elemento de identidad social vemos que en las diferentes culturas los seres humanos utilizan el ritmo y la melodía para aliviar conflictos emocionales. “Aunque la música consigue generar una identidad individual como seres únicos y diferenciados, una identidad social, dentro de una estructura cultural con la que nos identificamos en nuestro medio familiar y social, también nos transfiere una identidad universal como seres humanos que independientemente de la personalidad que nos define y de la cultura con la que nos identificamos, nos hace formar parte de un flujo sonoro y de movimiento global que nos hace reaccionar, sentir y emocionarnos como personas que forman parte de una misma unidad”.

El investigador y teórico de la música Roy Shuker recuerda al sociólogo Herbert Gans quien desarrolló el concepto de culturas del gusto para referirse a la diferenciación del consumo cultural entre grupos sociales y la manera en que se conformaban tales patrones. “Una cultura del gusto es un grupo de personas que hacen elecciones parecidas, las cuales están en relación con ambientes parecidos: la clase y la educación son las claves determinantes de la pertenencia a las culturas del gusto. Eso tiene en común con la noción de estilo de vida: configuraciones características de la identidad cultural y de los conjuntos de prácticas sociales que van ligadas con grupos de consumo, culturas del gusto o subculturas particulares”.

Esta construcción social por el gusto de un movimiento social que se traducía en música nació en los barrios de Cali. Esto, a la vez, generó una serie de elementos individuales que construyeron individuos únicos capaces de sintetizar premisas como ‘qué escuchas… te diré tu gusto’, saberes que justificaban juicios de valor elaborados por estos individuos.

El sociólogo e investigador caleño Roberto Carlos Luján dice que “el gusto por la música se expresa mediante la afirmación de determinadas elecciones, las cuales se manifiestan de manera pública y colectiva, activa y visible, a través de comunidades específicas”. Estas colectividades definidas son lo que hoy se conoce como melómanos que, desde este punto, representa unos subgrupos. Esto, sin duda, lo fue construyendo el barrio, su gente, su entorno.

El pasado de la salsa en Cali –fuera de lo académico- no ha sido debidamente contado porque se han detenido más en el análisis que en la interpretación y ha hecho que se olviden las historias secretas que ha contado y vivido la gente corriente, que son los protagonistas que construyeron la identidad del barrio, de la ciudad y no se les reconoce.

Estas crónicas obligará a los lectores a tener una mirada menos cómoda de este movimiento musical llamado salsa a través de los melómanos, de la gente común y corriente, historias contadas por sus protagonistas y vivida por la gente del común que es la que ilumina la propia historia de la salsa, contada a través de las letras de las canciones que cuentan una vida en el barrio, una historia familiar o una vida de melómano. Este movimiento musical caribeño por excelencia y apropiado por una comunidad más cercana a la región del Pacífico que a la región del Caribe es un punto de partida para comprender hábitos, sentimientos y valores de estos grupos mayoritarios que parte en dos la historia de la ciudad, a partir de la mitad de los años sesenta y que no vuelve a ser la misma porque fortalece el ejercicio continuo de prácticas como las asistencias a estos encuentro, apropiación y difusión musical, especialmente de la salsa.

La creación paulatina de grupos de audiciones del movimiento de la salsa en plazas, parques o escenarios de esparcimiento público en Cali ha desarrollado la capacidad auditiva para poder percibir, asimilar y gozar esta música. Hay grupos de audiciones como Amigos del Son, Educadores del Valle, Son de la Loma y Fundación Nuestra Cosa Latina que se caracterizan por escuchar canciones que ningún medio de comunicación pasaría por los sistemas radiales, dar a conocer el nombre de la canción, los integrantes o músicos de la agrupación musical, el movimiento social que generó y cataloga las diferentes audiciones a audiciones precisas y cuyo escenario es absorbido por un grupo selectivo que escucha con criterio y razón de ser esta música. Las audiciones de barrio buscan que un álbum musical se entienda en la medida de quien lo canta, lo graba y lo escucha en su estado emocional.

Esta crónica musical muestra el propósito de contribuir a la comprensión y al reconocimiento del proceso del movimiento de la música salsa a partir de la investigación periodística, especialmente en la crónica y el reportaje, géneros periodísticos que los medios de comunicación y algunos académicos han cerrado sus puertas por cuestión de espacio –y a veces de tiempo- por el simple olvido de la anécdota, que son parte de las verdaderas historias.

Con testimonios directos de los protagonistas, el cronista se consagra en un panorama claro sobre los aspectos del pasado urbano de Cali con la vinculación primero, de los sectores populares en barrios como el Siloé, La Fortaleza, El Paraíso, Aguablanca o calles como la Quinta, y segundo, con los sectores de alto nivel económico como los clubes sociales que disfrutan igual el tema musical como la gente que tiene otro nivel económico. Con la construcción de estas historias se registra la semblanza de una fuerza social y cultural, vertientes que apuntan a descubrir que los grupos sociales en el movimiento de la salsa no se diversifican, sino todo lo contrario, integran musicalmente, en un solo volumen, como si se hablara en términos musicales.

Los relatos aquí narrados están centrados en actores –protagonistas, los que hablan y determinan el escenario, el sector y la música, y los no protagonistas, aquellos que prestan atención a lo que se oye sin voz, y que participan de la salsa como práctica y espectáculo, de los cuales muchos roles se intercalan por el instinto musical. La ciudad es un escenario de evolución musical que surge como una cultura y una identidad propia que se queda en el inconsciente colectivo de cada persona. Este es el movimiento social de esta música en Cali.

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