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Opinión

La batalla de ser mujer

Más de cincuenta años de lucha social por los derechos de las mujeres se desvanecieron en una instante de ignorancia colectiva, cuando mi compañero de asiento comenzó a hacerse el chistoso y dijo que el avión no se estaba moviendo tan fuerte por culpa de la turbulencia, sino porque quien lo venía manejando era una mujer.  Para mi sorpresa,  la mayoría de las personas alrededor (incluyendo la esposa e hijas del sujeto) se rieron en coro, mientras yo respiraba profundo y reprimía el insulto que decidí no verbalizar.

La reflexión maduró en una exhibición de Audrey Niffenegger, mientras observaba un autorretrato de la artista con una jaula sobre su cabeza. De la imagen inferí que se trataba de esa lucha inevitable del desarrollo del pensamiento intelectual contra lo que está establecido para las mujeres. Porque ese mundo tan liberal que se profesa hoy, en el que se celebra la inteligencia y desarrollo de las féminas, se ve constantemente encerrado por una jaula social, que regula, controla y recrimina a quienes osan ser diferentes.

Las prácticas discriminatorias contra la mujer son tan sutiles que se incurre en una generalización y las vuelve imperceptible. El desconocimiento de la teoría de género hace creer que se trata de un asunto pasado de moda, muy propio de las señoras rancias y desocupadas que se la pasan peleando por nimiedades, cuando en realidad, hoy en día ellas están condiciones tan similares, que hasta pagan la cuenta y no esperan tener a un marido que las mantenga.  Sin embargo, en la vida cotidiana, las mujeres debemos terminar dando batallas que no deberíamos, como por ejemplo,  justificar ante la sociedad por qué queremos hacer un doctorado si tenemos más de 30 años, en lugar de pensar en la maternidad.  O si tenemos hijos,  en cómo es posible estar pensando en seguir estudiando en lugar de ocuparnos de la familia.

Las perspicacias sexistas no perdonan estrato ni educación, pero ocurren de forma más cruel en las personas de bajos ingresos. Si una familia con dificultades económicas tiene que decidir a quién manda a la escuela o a la universidad, generalmente escoge a los hijos varones, ya que las niñas pueden permanecer en casa cuidando a los hermanos menores y ejerciendo las funciones del hogar, o pueden ocuparse más fácil como empleadas del servicio.

Por ejemplo, los datos de la encuesta LAPOP (Latinoamerican Public Opinion Project) para Colombia muestran que las mujeres y los hombres aparecen con iguales oportunidades de educación básica y secundaria. Sin embargo, la brecha se acrecienta de manera negativa para las mujeres en lo que respecta a la educación superior.

La idea pronunciada por Rousseau en 1762 en la que decía que las mujeres solo debían ser preparadas para el hogar y para ser esposas, sigue vigente. Claro, tenemos licencia para ser más educadas, pero resulta imperdonable en términos sociales no estar preparadas para el hogar, ni mucho menos “para no agradar y no ser sometida”.

La responsabilidad no es solo de los machos que hacen chistes malos sobre las mujeres; ni de esos que se sorprenden de que haya mujeres bonitas que también son brillantes intelectualmente (parece imposible la correlación); ni de esos ingenuos que se emparejaron con una mujer inteligente porque les pareció muy “pro”, pero que hoy en día no saben cómo cerrarle la boca para que más bien se ocupe de la casa y sirva el desayuno.

La culpa también es de nosotras mismas por reproducir los estereotipos y celebrarlos, por transar los sueños para darles gusto a los hombres y a la sociedad, por seguir la ruta facilista de mostrar las tetas o las piernas en lugar del carácter y por supuesto, ¡por godas! Porque la encuesta LAPOP, también revela que las mujeres colombianas son menos progresistas que los hombres.

A los hombres que lean este artículo y les parezca exagerado porque gustan de mujeres inteligentes, les recuerdo que ustedes no son una muestra representativa de la población colombiana, son excepcionales y es una lástima que no haya más.

A las mujeres como yo, que luchamos por repensarnos para quitarnos la jaula en la cabeza de nuestro autorretrato, les deseo mucha fuerza, porque aún hay muchas batallas por librar.

Y al tarado del chiste en el avión, le dejo su $%&/()=?¿  y le recuerdo que en Colombia hay más de 40 mujeres que trabajan en aerolíneas comerciales como piloto, y por suerte, el número sigue creciendo.

 

 

 

 

 

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