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Crónica

Hugo Suárez Fiat y sus 500 relíquias cinematográficas

El fundador y director del Museo del Cine  Colombiano Caliwood habló con REALIDAD 360 sobre la fotografía y el cine como sus mayores pasiones.

Hijo de padres vallecaucanos  con descendencia libanés, de ahí su segundo apellido. Estudió  su secundaria en Estados Unidos gracias a una beca que le otorgaron por su rendimiento académico.

Desde muy pequeño manifestó su gusto por la fotografía, sus primeras fotos las tomó con una cámara Brownie Koak del año 58 que le regalaron en su primera comunión.

Unos años más tarde, hizo parte del selecto grupo de jóvenes caleños que ingresaron a estudiar Derecho en la Universidad de San Buenaventura, carrera que se pagó gracias a las fotografías de 20 x 25 cms, que le tomaba a las niñas lindas de la ciudad, y se las vendía a un precio razonable, con el que pudiera pagar su matrícula.

La calidad de sus fotos llegó a ser tan buena que logró que algunas de ellas salieran en la edición de la revista Gente Joven, del periódico El País, compartió páginas en revistas de gran renombre con los fotógrafos más reconocidos, siendo tan solo un joven fotógrafo aficionado.

Conoció a Gloría Escobar Lozano, su colega  y esposa desde hace 30, años con quien tuvo un hijo. Su gusto por el viaje y conocer nuevas culturas lo compartió con esta mujer, viajando a más de 40 países.

Junto a su amigo y compañero de fotografía Carlos Alberto Parra, creó un laboratorio de revelado fotográfico, donde inmortalizaba los momentos y los rostros de los personajes más representativos de la ciudad.

Terminó siendo abogado por esas cosas que él llama “pura casualidad”, pues no sabía qué hacer con su vida, además a quienes se graduaban del colegio Pío XII    -colegio donde se gradúo- los dejaban entrar a la universidad sin examen de admisión.

Sin embargo, no se arrepiente de esta profesión, con emoción y sentimiento asegura que gracias a sus treinta años de  trabajo como abogado, pudo hacer lo que más le gusta y apasiona: viajar.

Más de un metro con ochenta centímetros, tez blanca, unos ojos pronunciados y una nariz puntiaguda son las características físicas que corresponden a este hombre con voz de locutor radial.

Toda su vida ha coleccionado objetos cinematográficos, pues según él es una forma de darle valor a las cosas. Fue por esto que un día, en sus afanes por coleccionar y a causa de la restauración de un viejo carro que se encontraba en el norte de la ciudad; se topó con que el automóvil tenía en su parte delantera, dos proyectores de cine  de 35 mm marca Súper Simplex, importados y utilizados en el teatro Jorge Isaac. Sin pensarlo dos veces y cautivado por la belleza de estos, empezó una larga negociación con el dueño de estos aparatos, teniendo como resultado un precio favorable que lo haría dueño de ellos.

La idea de hacer un museo de cine surgió en medio de un avión cuando regresaba de uno de sus tantos viajes con su esposa. De manera muy atrevida –quizá-, le dijo a su esposa que quería montar un museo de cine en la ciudad, la reacción de ella a tan sorpresiva idea fue la más común: muy extrañada y viéndolo como un loco, le respondió que solo con los dos proyectores que tenía coleccionados no iba a montar un museo. Él, insistente en su idea empezó a buscar los proyectores de cine y cámaras de época que le pudieran servir para hacer la colección de su museo que hoy, tiene  500 reliquias cinematográficas.

La búsqueda de estos objetos de tan grande valor histórico no fue fácil, pues no contaba con la ayuda de nadie más que su esposa para montar este museo. Tocando puertas, pidiendo favores y con la voluntad de emprender este proyecto logró materializar su sueño.

Alejarse de los estados y tribunales fue una decisión muy importante que tuvo que tomar pues estaba dejando de lado su profesión, por un sueño que como dice él no sabe hasta donde pueda llegar.

La creación de su anhelado museo se dio en febrero de 2011, aunque su idea estaba desde 2008, tardó tres años más en conseguir el espacio necesario y una ubicación estratégica para abrir el museo que lleva por nombre, las siglas de viejo grupo de jóvenes que hacían cine en los años 70 en la ciudad.

A su trabajo lo visitan muchas personas; jóvenes, niños, colegios, periodistas,  extranjeros, y propios,  que desean admirar los objetos más preciados del cine.

De su carisma y personalidad sus compañeros de trabajo; un proyeccionista de cine y una practicante de universidad, pueden decir lo siguiente: “es muy apasionado por lo que hace, mantiene un muy buen humor y se goza cada momento”.

 

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