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Opinión

Hoy pienso en el Pacífico

Hoy pienso en el impacto negativo de la folclorización de las poblaciones del Pacífico, hoy cuestiono esa imagen prefabricada del individuo rioseño, de pie de monte o de litoral, a quien lo han vestido como si siempre estuviera a segundos de subirse a una tarima para esforzarse en eso que han dado a llamar “el deleite de las élites blancas”.

Hoy pienso en todos los dramas que se ignoraron a fuerza de expresiones como “esa gente alegre y buena”, pienso en las imágenes de lo exótico que no permitieron advertir la cadena perpetua a la miseria y al aislamiento a la que sometieron a las poblaciones afro e indígena en la franja occidental de un proyecto de nación fallido al que llaman Colombia. Sí, “cadena perpetua”, porque el trato que le ha dado el país al Pacífico es el trato de los carceleros: raciones pírricas, agua en oxidados vasos de pobre y madera sobre las espaldas o para el esfuerzo o para el castigo.

Hoy veo a muchos comprometidos o indignados que con su lectura performática de los paros en Buenaventura, Tumaco y Quibdó, lo único que hacen es ratificar la dimensión estética de una condena en la que reproducen la lección del “ser natural” y “ser cultural” de la que vienen tanto los “ellos” lastimeros como los “nosotros” oportunistas.

Hace poco escribí un análisis del “Tío Guachupecito” y me llamó la atención en el diálogo entre la sobrina y el viejo el hecho de que la mujer miraba el río y miraba el monte y ahí “no había tema”, que sólo encontraba motivación en el cielo, a través de santos y advocaciones. Esa es la imagen que se pretende del Ser Pacífico, una en la que la mirada se extravía en el ánimo festivo y la interpretación no logra saltar la tapia de los animismos.

Ante la circunstancia del Pacífico, la performática pretende salvar a una población a la que se le han servido en el milímetro las raciones de los males del mundo, mientras no se advierte que turista y minero son Castor y Pólux si a su paso dejan a un pueblo consumiendo y prostituyéndose, que el mercader y el hombre armado son el géminis si su presencia significa el triunfo de la ostentación y el afirmativismo por encima de la solidaridad, la fraternidad y la redistribución.

Muchos hacen el espectáculo de condiciones específicas de adaptación y de supervivencia y las pretenden intocables, pues para ellos el Pacífico debe seguir en la condición de “paraíso perdido”, de territorio virgen, de playa secreta, de campo de tienta de lo humano llevado al extremo, de territorio vacío. Seguro la indignación nos dará para unos días, bajará la marea y volveremos a nuestros asuntos, los más atentos se aprenderán algunos nombres como Asoparupa, los demás retornarán a sus cotidianidades en las que preguntas como “por qué en el Pacífico no existen cadenas de frío dispuestas no sólo para el extractivismo sino pensadas en la seguridad alimentaria?

Por qué nos hemos permitido el asumir al ser Pacífico como a un sujeto desprovisto de técnica y lo hemos condenado a la “salvaguarda de lo artesanal”? Por qué las poblaciones del Pacífico no son movidas masivamente al estudio de lo biológico, a la vocación científica y al arbitrio de la inventiva? Por qué se dejaron extinguir las preocupaciones de un Valencia Cano que advirtió que la lectura conservadurista de las condiciones del Ser Pacífico eran una condena al hambre y la dificultad? Por qué el Dr. Cuero no ha recibido el apoyo para pasar del piloto a la política pública su idea de los parques de la creatividad?

Al Pacífico lo requieren vencido de antemano, para ir a él en “chanclas” o en bota pantanera, para poder pagar un tiquete que les permita sentirse muy del entorno al tomarse un trago de silvestre o de tomaseca o al meterse entre pecho y espalda algún dispositivo del empacho. A esa región no la conciben en un cambio de clave, pues no soportan la idea de que el afro sea el científico, porque necesitan que el negro les siga cantando, cocinando y sirviendo. Me perdonan, pero en este momento no le canto ni al manglar ni al canchimalo ni a la valentía ni a la marimba ni al Dentón ni al Maravedí ni al fantasma de Peregoyo, hoy le grito al rostro a aquel que pretende le celebren sus gestos por loables y comprometidos mientras avanza sin darse cuenta que la música que lleva en el alma es la misma, está en la misma clave, de aquellos que sembraron el imposible en toda la franja occidental de Colombia, esos que hechos o a la propaganda o a la publicidad le han sacado partido a una condena perpetua a la dificultad.

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