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Crónica

Hospital siquiátrico, visita a un mundo con reglas propias

Asesinos, violadores, suicidas, psicópatas  y esquizofrénicos  habitan  tras la puerta del Hospital departamental psiquiátrico universitario del Valle, HPUV. Un lugar aparentemente sombrío, con reglas propias, conductas y códigos entre pacientes y enfermeros que solo se pueden descifrar allí.

En urgencias se ve solamente un vigilante de seguridad privada que contrató el hospital y es el encargado de autorizar la entrada a pacientes y acompañantes, dentro del HPUV.  A un costado de la puerta de urgencias  hay un cuarto blanco donde entran los pacientes a observación, en ese lugar el psiquiatra es visto por ellos como aquel verdugo que determinará su permanencia o no en aquel lugar. Él  encargado de dar el veredicto final, después de unas horas de observación.

Unos metros más allá está la entrada común, la de los pacientes regulares, la del hospital día. En recepción las grandes letras doradas que adornan el nombre del HPUV, recuerdan el prestigio del hospital que fue acreditado y que perdió su investidura por los funcionarios corruptos que comúnmente se pasean por las calles del Valle.

Más allá, dentro del hospital, no se percibe ninguna división  que aleje a visitantes de internos, excepto aquel pasillo largo que tiene a sus extremos las puertas de madera que dan entrada a las salas donde pasan sus días los pacientes. Al entrar no se alcanza a notar ningún ambiente pesado, todo es tranquilo, no se ven mordazas, no se ven sádicos con tapabocas, por el contrario; el ambiente es amable, liviano, tenue. Incluso acogedor.

El hospital solo tiene un médico general, suficiente para las necesidades que se generan en el recinto. También varios psiquiatras, psicólogos y un personal de enfermeros. Todo el personal es amable, ellos aprendieron a lidiar con los pacientes, a moderar su tono de voz y su expresión corporal, la que si no es bien controlada puede provocar una alteración en el paciente.

Tal vez algunos abuelos contaron a sus hijos la historia de “San Isidro”, la Casona del otro extremo, hoy convertida en un auditorio o un lugar para que pacientes, trabajadores y visitantes pasen un rato ameno. Es la misma que en sus paredes esconde más historias que la hacienda La María, con la diferencia que estas son poco conocidas y para la ciudad es tan importante como el museo la merced, pues es patrimonio.

En  La casona si no recibían un paciente por la puerta de enfrente, sus familiares aprovechaban los muros de baja altura y los tiraban por un costado, como obligando a un ser humano al abandono debido a su condición mental. En aquella época  las prácticas de lobotomía eran importantes, pues los habitantes de Cali de alto nivel social se avergonzaban de tener pariente con patología mental en sus casas; La misma época donde no había regulación médica, donde la fuerza física era el arma de combate para enfermedades mentales.

La historia de los dementes críticos se percibe a través de una ventana pequeña, desde donde se ve que una realidad que se torna más gris. La sala siete y la ocho son separadas según el sexo de los internos. En la siete, las mujeres, despeinadas se ven caminando de un lado a otro y en fondo un enfermero que viene de intercambio desde España, se encarga de cuidarlas.

 Una de ellas de mayor edad se asoma de imprevisto y por su rostro como de desconocer el lugar donde se encuentra, provoca miedo. Ellas confunden a los visitantes con sus hijos, sus parientes cercanos o les piden a gritos que las saquen de aquel secuestro. Se nota el mal estado en que se encuentran.

En la ocho están los hombres, muchos con instintos asesinos, suicidas o simplemente demasiado violentos, causan aún más temor, su condición no es buena, pero aun así un chico joven de aproximadamente 30 años, se asoma por aquella ventanilla y lanza besos, por la expresión y movilidad  de sus labios se deduce que quiere conseguir una cita con una visitante, le pide su número y le pregunta su nombre, se entiende cuando dice: “mamacita, esta buena”, entre risas ella recuerda que al menos esa conducta de dárselas de galanes, no desaparece.

Así como en las demás salas, en esa cuentan con 21 o 22 habitaciones y un pequeño parque con árboles que aparentemente cuida mucho el Dagma. Además de tener camas, también tienen la posibilidad de ver televisión o jugar ajedrez. Como en la sala 3 donde en medio de una partida entre dos pacientes suena el escorpión de Diomedes Díaz, y el dj predilecto de la tres es “la kalle”.

Durante el extenso recorrido se nota que en cada espacio hay un cuadro que cita los derechos y deberes del paciente.

Luego se encuentra el hospital día, donde los pacientes reciben atención y distintas técnicas terapéuticas, sin abandonar su entorno familiar. El único sector donde se utiliza internet es allí, en el resto del sitio no se permite la manipulación de celulares ni nada que tenga que ver con una red. Allí el ambiente es tan tenue, tan tranquilo que  amerita sentarse un rato a observar el jardín.

Después de las 4:30 p.m., en la inmensidad del pasillo abundan los abrazos de despedida, los besos de fe y consuelo, las sonrisas y un poco de llanto. Los hombres de seguridad empiezan a pasear por los parques y por las salas, anunciando el fin de las visitas. Algunos enfermeros doctores y administrativos, abandonan poco a poco el lugar.

Al salir en la puerta de urgencias se ve sentada la misma mujer que por años ha vendido, minutos y dulces. En el psiquiátrico ella es testigo de los casos de aquellos pacientes que entran gritando o esposados con dos policías a sus espaldas. Conoce el clamor de madres, hermanas, esposas a través del teléfono que ella les alquila a ratos a los visitantes. Todo el día y todos los días ve congestionada la calle quinta con su tráfico, con su gente, que en muchas ocasiones no toman ni cinco segundos para voltear a mirar el lugar.

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