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Crónica

El fotógrafo de ‘La mano de Dios’

Hoy, hace 30 años, Diego Armando Maradona hizo dos de los goles más fascinantes de la historia. Sin embargo, gracias a un fotógrafo argentino que retrató en una ráfaga uno de esos goles, este se inmortalizó. El periodista Alejandro Aguirre reconstruye la historia.

Era la una y seis de la tarde del 22 de junio de 1986 y el estadio Azteca de Ciudad de México era un hervidero con 114 mil hinchas a merced del fútbol. El sol estaba brillante, el calor alcanzaba los 30 grados y la humedad llegaba al 65%. Se jugaba el segundo tiempo del juego entre Argentina e Inglaterra, el tercer juego de cuartos de final de la Copa del Mundo de México 86. El marcador iba parejo: 0-0.

De pronto, a los seis minutos de iniciado el segundo tiempo, cuando marcaba el reloj el minuto 51, el diez argentino, Diego Armando Maradona, intentó una salida entre dos defensores ingleses en el campo enemigo, intentando una pared con el delantero Jorge Valdano, cuyo control deficiente propició que el defensa inglés Steve Hodge despejara, pero su despeje salió mal, en dirección al área donde el arquero inglés Peter Shilton, sorprendido, salía por el balón. Maradona, en el recorrido, por esa pared con Valdano, se encontró son Shilton, con el balón en el aire y los puños queriendo coger el balón. Los casi dos metros del portero inglés querían sacar ventaja, pero Maradona brincó por el balón y cuando vio que era imposible el cabezazo metió la mano… la mano y anotó. Todo en un parpadeo. Maradona salió corriendo a la tribuna donde estaba su padre y su suegro, celebrando el gol, mirando de reojo al árbitro. Ni el juez central, el tunecino Ali Bennaceur, ni el de línea, el búlgaro Bogdan Dotchev se dieron cuenta del gol, del gol con la mano. Gol válido. Gol inmortal. Lo que sigue es la historia de esa fotografía, la más mediática de todos los mundiales, y que confirmó la validez de la mano en ese gol que sigue despertando curiosidad, alegría y desconcierto.

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Eduardo Longoni vive y trabaja en Buenos Aires, Argentina. Es fotógrafo y tiene un título en Historia. Usa gafas para su miopía, tiene los ojos apagados, camina despacio y a sus 55 años se acerca a los 1,85 metros. Siempre tiene barba, de esas barbas de dos días, que crecen en el rostro por pedazos. Estoy junto a él, en su oficina que está llena de libros de fotografía en el suelo, en un rincón, tirados por allí, en un espacio minúsculo. Hay cuadros de fotografías en las paredes. Desde hace casi una década es editor de libros especiales –todos ellos de fotografías- del Grupo Clarín, el todopoderoso conglomerado de medios argentinos. Allí, Longoni se encarga de hacer libros bonitos, con fotografías maravillosas para los suscriptores de los diferentes diarios del grupo. Sin embargo, por su oficina pasan decenas de redactores a diario para que dé una opinión sobre una fotografía, un libro, un trabajo gráfico. Solo –dice- sale a la calle armado con su cámara cuando hay acontecimientos decisivos e históricos. El último que valió la pena registrar fue el partido en el que River Plate, en el Monumental de Núñez, perdió el partido que lo llevó al descenso de la primera categoría del fútbol argentino. “Asistí por curiosidad”. Longoni es historiador y los historiadores son curiosos. Corría el 2011.

En su página web, el fotógrafo tiene un palmarés que lo ha llevado a exponer en más de 18 países y ha ganado múltiples premios, entre otros, una Medalla de Bronce en el Interpress de Moscú (1985) y dos veces el Adepa (Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas), en 1993 y 2008. Sus temas más recurrentes son la violencia y la fe católica argentina. Por eso, que su fotografía más famosa sea deportiva, no le cabe en su cabeza. Su fotografía más famosa, por ejemplo, es de la serie ‘Violencias’ y lleva el nombre de ‘Militares argentinos’. Esta imagen la hizo en la época de la dictadura argentina (1976-1982) y muestra a militares mirando de lado, con ese gorro militar con visera, bien uniformados, como si posaran para él.

Pero allí, en su web, hay una galería de tres imágenes que se titula ‘Maradona mítico’. Son tres imágenes: en una se ve a Maradona besando la camiseta argentina –que en ese juego fue azul-, en la otra se ve a Oscar Ruggeri, cargado a Maradona que ríe mientras coge su cabeza y la tercera se ve la fotografía de Maradona y su mano estirada, con el balón flotando en el aire y el arquero Peter Shilton haciendo lo imposible para detener esa pelota que fue gol. “Fue tomada por error”, insiste Longoni. Imposible. Longoni, el autor de esa fotografía en blanco y negro que se publicó en más de 3 mil diarios y que hoy es una obra de arte o por lo menos se vende como tal, dice que fue tomada por error. No cabe.

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El fotógrafo Eduardo Longoni trabajaba en la agencia Noticias Argentina, una gran empresa periodística de la época, pero modesta económicamente cuando asistió a la Copa Mundial de México 1986. “Yo era el editor y tenía cierta experiencia, a pesar de tener 26 años y haber cubierto el Mundial de España 1982, sabía algo”. Asistió al mundial de ‘Naranjito’, la simpática mascota oficial de España 82, como una obligación luego de que los argentinos llegaran como favoritos tras ganar cuatro años atrás el Mundial de 1978 en su propio país. Pero había algo más motivante: Diego Armando Maradona despuntada como una luminaria luego de llevar a la selección juvenil a ganar el Mundial de la categoría en 1979. Eso, en otras palabras, era repetir el título orbital en la de mayores –“algo de trámite”, como lo aseguró la prensa argentina en su momento- y ganarlo de la mano de una figura: El Diego. Pero no hubo ni lo uno ni lo otro.

El desastre en España se cuenta así: Argentina, como campeón defensor, debutó con derrota ante Bélgica (0-1). Cinco días después le ganó 4-1 a Hungría, con dos goles de Maradona. Terminó su fase ganándole 2-0 a El Salvador, quien había debutado con un desastroso 10-1 a favor de Hungría. Argentina terminó segundo en el grupo, detrás de Bélgica, quien no perdió ninguno de sus juegos y que luego vería, de nuevo, en semifinales. Pero ese segundo lugar lo llevó a disputar una segunda fase de grupo complicado: Brasil, a cargo del técnico Tele Santana y su estrella Zico, e Italia, quien luego sería el campeón de la mano de Paolo Rossi. La albiceleste no ganó ninguno encuentro de esa fase y perdió sus dos juegos: ante Italia cayó 2-1 y ante Brasil, 3-1. Maradona salió golpeado física y mentalmente de ese Mundial y toda la esperanza se desvaneció. Había que esperar cuatro años. El fotógrafo Longoni, quien aspiraba a estar en la final, regresó al país.

Tras el fiasco de España, la comitiva argentina entendió que un Mundial no era de “trámite” así tuviera a Maradona, quien en esos cuatro años pasó por el Barcelona español con relativo éxito (2 títulos) y por el Nápoles, donde de verdad sacó su potencial. Antes del Mundial de México, el argentino ya era un astro reconocido lo que llevó a Carlos Salvador Bilardo, el técnico que había reemplazado a César Luis Menotti luego del desastre español, a que fuera el capitán del seleccionado. La ilusión se volvió a sentir y la prensa, con más cuidado, a mesurar sus palabras.

“A una semana de iniciarse el Mundial de México, arranqué con un redactor de la agencia para Ciudad México”, recuerda Longoni, quien anota que fueron como periodistas a cubrir varios partidos, pero nunca a estar en semifinales y muchos menos en la final. El seleccionado argentino llegó a la Copa del Mundo de México 1986 sin favoritismo, a pesar de haber hecho una eliminatoria fantástica: cuatro victorias, un empate y ningún derrota. La prensa argentina justificó el buen momento del equipo ante las figuras que tenía: Jorge Valdano, Daniel Pasarella, Nery Pumpido, José Luis Brown, Oscar Ruggeri, entre otras, pero se mesuró en el favoritismo al Mundial. Italia, con el propio Rossi; Alemania, con Karl-Heinz Rummenigge, y Brasil, con Zico a bordo, eran los favoritos de todos.

“Todo se fue complicando cuando la Selección Argentina comenzó a pasar las primeras rondas y nosotros a quedarnos en México”, añade el fotógrafo. En aquel Mundial, Argentina se instaló en el grupo A, al lado de Italia –campeón defensor-, Bulgaria y Corea del Sur. En el papel, un grupo relativamente fácil. Debutó ante Corea del Sur con 3-1, luego empató 1-1 con gol de Maradona ante Italia y cerró ante Bulgaria con un contundente 2-0. Argentina pasó primero en el grupo, seguido de Italia. En la segunda ronda, le tocó con Uruguay, a quien le ganó con un ajustado 1-0. En cuartos de final se conoció que Argentina enfrentaría a Inglaterra, que había pasado segundo en su grupo con una sola victoria, y que luego pasaría a la segunda ronda tras apabullar a Paraguay con un 3-0. Sin embargo, ese juego no se anunció como un partido de cuartos de final, sino como un juego de la dignidad. No era para menos. Había una guerra en la memoria.

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La Guerra de las Malvinas fue un conflicto bélico que disputaron Argentina e Inglaterra por la disputa de tres islotes en zona marítima de Argentina. La guerra se desarrolló entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982 cuando Inglaterra reocupó los tres archipiélagos. Argentina tuvo casi 650 muertos, mientras Inglaterra llegó a 250. Tras más 30 años, varios organismos, entre ellos, las Naciones Unidas, consideran las islas aún, un territorio no definido. Esa misma razón la tenían –y la tienen- los argentinos que han sido lo más acuciosos por recuperar ese territorio. No en vano, en ese juego se vieron pancartas como: ‘Malvinas son argentinas’ Por eso, un partido de fútbol, a solo cuatro años de culminarse la guerra, tenía un tinte dramático. Cuando se conoció que Argentina enfrentaría a Inglaterra, la prensa gaucha no dudó en meter presión: ‘Se juega el honor’. ‘Perdimos una batalla, no la guerra’. “¡Maradona!… Apabúllalos”. Eran consignas temarías, justificables para muchos. Pero todos estaban de acuerdo en algo: no era un partido de trámite, un partido de cuartos de final, era un partido de honor. “No importaba si no fuéramos campeones del mundo, tal vez lo seríamos luego, pero ese partido había que ganarlo”, dirían. Los jugadores lo sabían. Todo el país también.

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El 22 de junio de 1986, Ciudad de México amaneció con un sol brillante y una urbe asumida en el caos vehicular. Un año antes había sucedido el terremoto y todo estaba reconstruyéndose, así que había trancones y largas filas de carros en las calles y nadie calculaba el tiempo en la distancia. “Yo, desde mi hotel, estaba a 30 minutos del estadio, nada lejos. Siempre llevaba un equipo gigante a mis espaldas —entre ampliadora, cubetas, tanques de revelado, máquina de escribir portátil— para realizar el revelado de las fotografías. Yo mismo lo hacía, en una esquina del estadio Azteca. Me acuerdo que ese 22 de junio cogí un taxi para ir al estadio, pero casi no llego”. Eran las 8:00 de la mañana, pero por los trancones de ese día Longoni terminó llegando a las 11:00 de la mañana, demasiado tarde para un encuentro de cuartos de final en un Mundial —el partido se jugaba a las 12:00 del medio día—. “Es decir, llegué tarde y me ubiqué mal en los dos tiempos del juego entre Argentina e Inglaterra”. Pero ubicarse mal le significó la gloria.

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Eduardo Longoni – Fotógrafo e historiador

Longoni dice que se situó en el poste izquierdo, del ala sur del estadio, en el primer tiempo, y en el ala norte del segundo, aunque no muy lejos de la portería de Peter Shilton, el arquero inglés. “Tenía un tele largo, un 300 mm, que no podía usar mucho porque cuando se está lejos, ese lente abre mucho el ángulo, y realmente no estaba tan lejos como para utilizarlo. Así que trabajé con un lente corto de 85 mm”, asegura. Por esa época, tenía una cámara Nikon MF2, con motor de arrastre. Lo único raro que se ventiló antes del juego fue una queja de Maradona en la que protestaba por el horario de los partidos –la mayoría al medio día- ya que a esa hora el calor en Ciudad de México podía alcanzar los 30 grados, con una humedad relativa del 65%. Pero solo quedó en una queja y el partido se jugó al medio día.

Argentina e Inglaterra llegaron al partido sin un favoritismo claro, aunque la albiceleste llevaba la ventaja por las victorias que habían conseguido. El juego tenía como árbitro al tunecino Ali Bennaceur; a los jueces de línea, el costarricense Bernie Ullúa, y el búlgaro Bogdan Dotchev, y a 114 mil testigos en el estadio Azteca. Los argentinos formaron así: Nery Pumpido, Sergio Batista, José Luis Brown, Jorge Burruchaga, José Cuciuffo, Diego Armando Maradona (capitán), Jorge Valdano, Héctor Enrique, Ricardo Giusti, Julio Olarticoechea y Óscar Ruggeri. Por Inglaterra, la formación era así: Peter Shilton, (capitán), Gary Stevens, Kenny Samsom, Glenn Hoddle, Terry Butcher, Gary Lineker, Terry Fenwick, Peter Reid, Trevor Steven, Steve Hodge y Peter Beardsley.

Hay pocos recuerdos del primer tiempo, incluso, ya casi no se consiguen relatos. Todo ocurrió en el segundo tiempo. El fotógrafo Longoni recuerda el momento en que El Diego comenzó a tejer su leyenda: “Maradona comienza esa jugada en tres cuartos de cancha. Elude a tres jugadores, luego le tira el balón a Jorge Valdano, quien la toca, pero un inglés (Steve Hodge) se le anticipa y la envía al cielo, tratando de despejar, hacia el lado de Peter Shilton, quien se confía, y Maradona salta como cualquier jugada y la mete… la mete con la mano”. Un relato de 63 palabras, suficientes para la hazaña.

Longoni dice que Peter Shilton se confió: “A lo mejor pensó en qué hacer cuando tuviera la pelota, es decir, en la siguiente jugada y no en esa. Hacer lo fácil en el momento y estar pensando en lo que vas hacer después. Eso lo pensó Shilton. Además, Maradona no podía saltar tanto, y menos cuando Shilton, más grande en estatura que el argentino, podía utilizar las manos. Si bien el juez central (el tunecino Ali Bennaceur) pudo no haberla visto porque estaba tapado, me parece insólito que no la haya visto el juez de línea (el búlgaro Bogdan Dotchev). Pero por eso, después de 25 años seguimos hablando de ese gol”. Y calla, y piensa, y muestra la fotografía en su computador.

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La fotografía de Longoni es romántica. Es en blanco y negro. Es, también, una postal, de paisaje. Así es: a la derecha, Shilton inicia el salto, su pierna izquierda aún en el césped hace fuerza para elevar su cuerpo, su derecha encogida para avanzar en el aire. El Diego desajustado en el aire, con las piernas tiradas hacía atrás, el puño de su mano izquierda cerrado, el brazo elevado, con la cinta de capitán, el rostro desencajado, mordiendo los dientes, con el temor del choque con el arquero, y el balón en el aire. A los lados, lejos, se ve al defensa inglés Terry Fenwick que intenta llegar, pero se ve despacio, y más atrás, solos, ensimismados, ven la jugada o el balón los argentinos Julio Olarticoechea y Jorge Burruchaga. Al fondo, una tribuna de tres pisos abarrotada ve la jugada, o lo que se entiende de ella. Eso es todo. Esa es la fotografía. Ese es el gol.

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El periodista uruguayo Víctor Hugo Morales, cuya narración es mítica y se puede escuchar en YouTube, lo relató así: “… Vamos muchachos, la pelota viene para Batista… Batista para Enrique, cambia… Allí viene para Olarticoechea, que la tira a Diego como número diez, a Giusti como número nueve, a Burruchaga de ocho, a Valdano de siete… la pelota va para Maradona… Maradona puede tocar para Enrique… Siempre Maradona… Se va entre tres Diego… ¡Genial! ¡Genial! ¡Genial! Tocó para Valdano… entró Maradona… Salta… Mano! Gol!, Gol!… Goooool!, Goooool! Goooool! Argentina vio el gol. Diego Armando Maradona entró a buscar después de una jugada maravillosa, un rechazó para atrás… saltó con la mano para mí… y para convertir el gol…! Mandando la pelota por encima de Peter Shilton”. Morales, en una entrevista, justificó su relato: “Dije instantáneamente que la tocó con la mano, después insistí en que el gol había sido con la mano, que los ingleses tenían razón y rematé con lo que sí es vulnerable para un profesional: ‘Pero qué quiere que le diga contra Inglaterra, aún con la mano, lo festejo’”.

Maradona, en su libro autobiográfico, ‘Yo soy el Diego’, dice: “A veces siento que me gustó más el (gol) de la mano, el primero. Ahora sí puedo contar lo que en aquel momento no podía, lo que en aquel momento definí como ‘La mano de Diego’… Qué mano de Dios, ¡fue la mano del Diego! Y fue como robarle la billetera a los ingleses, también”. Maradona tenía 25 años y llegaba a la cima del fútbol mundial.

Agrega: “Nadie se dio cuenta, en el momento: me tiré con todo. Ni yo sé como hice para saltar tanto. Metí el puño izquierdo y la cabeza detrás, el arquero Shilton, Peter Shilton, ni se enteró y Fenwick, que venía atrás fue el primero que primero que empezó a pedir mano. No porque la haya visto, sino porque no entendía como podía haberla ganado en el salto al arquero. Cuando yo vi que el juez de línea corría hacía el centro de la cancha, encaré para el lugar de la tribuna donde estaba mi papá, donde estaba mi suegro, para gritárselo a ellos… ¡Mi viejo había sacado medio cuerpo afuera, convencido de que yo había hecho el gol de cabeza! Estuve medio gil, porque salí festejando con el puño izquierdo cerrado y mirando de reojo a ver qué hacían lo jueces, ¡mirá si el árbitro de agarraba de eso y sospechaba! Por suerte ni se enteró. A esa altura, todos los ingleses protestaban y Valdano me hacía así, ¡ssshhh!, con el dedo en la boca, como si fuera una foto de una enfermera en un hospital. Él me había dado el pase: habíamos tirado una pared, lo apuraron, me devolvió un adoquín, porque otra no le quedaba, y yo, salté, salté con el arquero y el puño arriba, pero detrás de la cabeza…. Golazo, golazo, a llorar a la iglesia… Como le contesté a un periodista inglés, de la BBC, un año después: ‘Fue un gol totalmente legítimo, porque lo convalidó el árbitro. Y yo no soy quién para dudar de la honestidad de un árbitro’”. Nadie sabe cómo hizo para saltar tanto. Pero lo hizo.

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El fotógrafo Longoni recuerda que de ese gol solo tomó tres fotografías, de las cuales dos imágenes no registran la pelota. “Solo una foto servía. Si miras esa jugada por la televisión, se intuye que pudo ser con la mano, pero no podés dar crédito, como hoy si lo daríamos. Fue una jugada impensable, corta, que nace de un rechazo, fácil para un arquero, pero inexplicablemente Maradona salta, ¿por qué?, no sé, tal vez estaba iluminado, por algo se volvió un mito en la Argentina”.

El gol con la mano de Maradona es una mezcla de grandeza, pero también de confusión. Parecía ilógico: ¡Shilton medía 20 centímetros más que Maradona! Shilton era el guardameta, estaba en su área, sus armas eran las manos, mientras Maradona era un jugador menudo, de 1,68 metros, que no tendría porqué ganarle a un arquero en un salto, pero lo hizo, y se inmortalizó. Longoni dice que cuando está tomando la imagen se da cuenta de que Maradona hizo el gol con la mano, pero duda si la tiene en su cámara. “Uno a veces fotografía lo que nunca ve, pero desde donde yo estaba se vio claramente la mano. Hay situaciones previsibles, pero esta no lo era, por la jugada tan simple. Luego me preguntan, cuando aún no había revelado, sí tenía la imagen, pero no había terminado de revelar”. A los cuatro minutos, y aún en el aire ese aroma de perplejidad por el gol polémico, Diego hace otra genialidad al realizar una correría desde la mitad de la cancha, desmarcarse de seis ingleses y zigzaguear con la pelota para hacer el que hoy es considerado el ‘Gol del Siglo’. Tras ese gol, tal vez, hizo que mermara la controversia por la singularidad de semejante anotación, de sacar a medio equipo inglés. Entonces, todo se catapultaría a habladurías: un gol con la mano y el otro que valdría por dos.

Tras el partido, el fotógrafo relata que Kodak, la famosa empresa de películas fotográficas, revelaba los rollos, y los del primer tiempo se los dio al equipo de Kodak para ganar tiempo en la enviada. Pero ese rollo, donde supuestamente estaba la fotografía del gol con la mano y que había marcado con un marcador, desconfió y no lo pasó cuando terminó el partido. “Me dije: ‘prefiero revelarlo yo’”. Entonces, lo que hizo fue, en su laboratorio improvisado, en el estadio Azteca, revelar y ampliar las fotos para enviarlas. Lo que hacía rutinario era copiar dos fotografías del primer tiempo mientras revelaba el segundo. No había comenzado a revelar y las llamadas a la oficina de prensa en busca de Longoni tenían una insistencia: tenían o no la fotografía de la mano de Maradona. Longoni la tenía.

Longoni, quien a pesar de tantos años de la histórica foto, aún se emociona al relatar aquel momento: “Lo que aún tengo en mi memoria es cuando vi por primera vez el negativo, aún mojado por los químicos, y veo la imagen que luego recorrió el mundo. Era perfecta; aún me emociona de solo verla. Me acuerdo que ver el negativo por primera vez, es algo que no se olvida. Aún mojado, ver la foto, perfecta, es una emoción que creo que hoy se tiene si la volviera a ver. Cuando mandé la fotografía no imaginé que pudiera tener la escena, porque no sólo estaban los mejores fotógrafos del mundo allí, sino porque no era una toma más. Luego envié la fotografía a mi agencia, y a los 20 minutos, Noticias Argentinas rebotó por el mundo la imagen, y fue la primera que dio a conocer que la mano de Maradona de verdad existió”. Sus ojos se encandilan.

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El árbitro al tunecino Ali Bennaceur, en algunas pocas intervenciones, ha hablado del gol de Maradona, un hecho que, incluso, lo volvió famoso. En una charla con el diario Olé de Argentina en el 2001, dijo que tiene el video completo del partido Argentina –Inglaterra y que lo ve tres veces al año con sus hijos. Él mismo se burla porque tiene el remoquete de ‘Bennaceur-Maradona’. Insiste en que obró bien en ese duelo histórico y rememora que ese partido tenía mucho más interés para los dos países, más allá de lo deportivo. Tenía razón. Era –dice- como una revancha por la rivalidad entre las dos naciones. ¿Sabía el tunecino Ali Bennaceur la Guerra de las Malvinas? Seguro. Pero la pregunta sería ahora: ¿Por qué no vio la mano?

“En lo que me concierne –dice el árbitro-, yo dirigí perfectamente. En ese momento no había ninguna especialización y los asistentes éramos los propios árbitros, íbamos rotando. Antes del debut en la Copa, hubo una reunión en la que se dejó en claro que si el asistente estaba en una mejor posición que el juez principal, había que hacerle caso. Si ven el partido, se van a dar cuenta de que uno de los jueces de línea (el búlgaro Dotchev) estaba mejor ubicado. Yo dudé, pero cuando vi que el línea corría hacia el centro, marqué el gol. Estaba obligado a seguir el consejo de la FIFA”. Tiene razón el tunecino. El consejo: el que estuviera más próximo a la jugada se le daría la razón. El búlgaro Dotchev se equivocó entonces, pero Bennaceur también.

‘Bennaceur-Maradona’, cuyo remoquete lleva, anota que vio luego la anotación por televisión y aceptó el error, pero sostiene que en el partido no vio la mano. Puede pasar. “Estoy seguro que mi responsabilidad en ese gol fue limitada”, asegura y menciona que él fue árbitro durante 17 años y que dirigió dos finales de la Copa África. Se acuerda que Gary Lineker, el gran delantero inglés, le dijo: “¡Maradona hand-ball!, ¡Maradona hand-ball!”. Luego cuenta que se escribió, durante 10 años, cartas con el búlgaro Dotchev y este insistía que la televisión no era seria y que él (el juez de línea) siempre estuvo mejor ubicado. “Tiene su posición, pero la mano existió”, cierra Bennaceur.

Por su parte, el arquero Peter Shilton, una insignia del fútbol inglés, dijo hace un par de años al diario As de España: “Un portero que saca el balón dentro de la portería cuando ha cruzado la línea también está haciendo trampa. Lo único que me molestó es que Maradona nunca se disculpara. Al final de los partidos, si algo se ha hecho mal, entre los futbolistas nos lo decimos, pedimos perdón. Él nunca lo hizo; lo celebró”, dijo en la entrevista. “Su acción fue un acto reflejo, pero su reacción desde ese momento no fue la correcta. Es el mejor jugador contra el que he jugado, pero no le daría la mano si nos encontramos”, añadió. Shilton, por el comentario, sigue herido.

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En 1986, no había cámaras digitales, no había YouTube, ni Google. Las cámaras fotográficas eran análogas y funcionaban con rollo de 24 y 36 películas. La imagen que hoy muestra Google cuando alguien digita ‘La mano de Dios’ de Maradona no es la de Longoni, sino la del mexicano Alejandro Ojeda Carbajal, quien ganó por esa instantánea el Premio Nacional de Periodismo de su país en 1987. Hay algo en la fotografía de Ojeda que deja al lector perplejo: el balón está pegado a la mano de Maradona. La de Longoni, que no aparece en ningún buscador, el balón está un poco más lejos, pero a la vez es más romántica porque pone a dudar al lector de sí fue o no fue con la mano. La de Ojeda tiene una condena: es una imagen a color, y en 1986, está tecnología estaba en ciernes, tanto que los diarios de la época no confiaban aún en el color porque a la hora de la impresión en el papel periódico esta podría verse borrosa. Ante eso, muchos diarios prefirieron la de Longoni, en blanco y negro, más sentimental.

“Hay dos o tres imágenes que registran el hecho. Todas a color. La foto a color es una imagen que muestra mucho más cerca el balón del puño de Maradona, pero no tiene una gran calidad porque apenas se estaba introduciendo la fotografía a color”, dice el fotógrafo mientras recuerda que gracias a esa imagen la agencia pagó toda la cobertura del Mundial de México 86. “La agencia de noticias tuvo posibilidades de venderla y revenderla. Y me pasó, lo que nunca me había pasado en una empresa: me regalaron un sueldo por esa foto. De todas formas, si hubieras sido ‘freelance’ la historia sería otra cosa”. Se ríe.

Ahora, bajo la calma de la euforia, Longoni reflexiona: “Mucha veces he dicho que Diego se vuelve mito no cuando gana el Mundial de México 86, sino en ese partido. Todavía estaba en el aire la Guerra de las Malvinas. Ese partido hace el primer gol con la mano, en una muestra de viveza criolla, y luego a los pocos minutos hace un gol —elude a seis rivales— que termina siendo el mejor de todos los mundiales. Como lo dijo un técnico esa vez: “‘Uno lo hizo con la mano y el otro vale por dos’. Este último es un gol que nadie se cansa de ver”.

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El fotógrafo Logoni recuerda que el objeto–foto, la copia en papel que trasmitió a Argentina y que luego la agencia rebotó a los diarios del mundo, se la regaló a Maradona al otro día en una conferencia de prensa, la famosa charla con los medios  donde acuñó la frase de ‘La mano de Dios’: ‘No, no fue con la mano… fue ‘La mano de Dios’, mientras decenas de periodistas le preguntaban por el gol ‘ilegitimo’. “Era de 20 por 25 la copia. Se la regalé firmada; teníamos muy buena relación y no había tanto misterio como hoy con los jugadores. Al mostrarla y regalarla, Diego me dice: “Bueno, mándamela que la voy a guardar”. Una foto que había sido publicada en miles de diarios. Luego hice lo contrario: hice una ampliada y le pedí que me la firmara, y por ahí la tengo”.

El negativo de esa fotografía está guardada. No dice dónde. “Lo tengo bien guardado, porque siempre he dicho que es el capital de trabajo de tu propia jubilación”. Piensa que es un documento memorable y me dice que su hija ya es dueña de la imagen y ha prohibido venderla. Pero lo curioso es que la fotografía, en blanco y negro, con el balón en el aire, Maradona y Shilton saltando, ya se ha vendido como pieza de arte a varios coleccionistas. “Sin duda es mi fotografía más publicada luego de la de los militares (que miran y están vestidos con uniforme). La fotografía de Maradona vale 3.000 dólares como obra de arte, no como mera reproducción para un diario que cuesta 400 dólares. No la tiene ninguna agencia, nunca se cedieron los derechos de autor. Luego la agencia (Noticias Argentinas) me la cedió”. Le preguntó: ¿Qué piensa de esta fotografía después de tantos años? “Fue una fotografía de cuestión fortuita. Fue una fotografía tomada por error. Tengo una falsa modestia con esta imagen, porque fue producto de un tema que no manejo mucho que es la fotografía deportiva. Casi diría que esa falta de profesionalismo, de haber llegado tarde a un partido de un Mundial, me enseñó a ser severo con mi oficio. Tanto es así que la final entre Argentina y Alemania salí del hotel a las 6:00 de la mañana y llegué a las 6:15, y el estadio Azteca estaba cerrado. Hoy, la edad me duplica cuando hice la imagen, y cuando sos joven pensás: que son cosas que irán pasando, pero nada nunca me volvió a pasar algo igual”. A nadie, seguro.

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