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Opinión

Debate al periodismo

Hace poco fue puesta en libertad la señora Salud Hernández, de quien se afirma es periodista (o se autoafirma, como los paramiliatares se dan en llamar autodefensas). Del alcalde de Bogotá se afirmó por años que era doctor y ya sabemos que ni siquiera título de maestría ha podido acreditar. Así es en Colombia. Se llama héroes a unos muchachos que matan a otros muchachos, incluso a aquellos que nada tienen que ver con las acciones bélicas de nuestra guerra. Cuando dirigimos correspondencia a los senadores, se nos obliga a nombrarlos “honorables”. Y también pasan casos en sentido inverso: cuando los campesinos protestan son llamados guerrilleros, cuando no es que terroristas. Pero cuando la oposición protesta en Venezuela, son “ciudadanos inconformes” contra el “régimen de Maduro”, aun cuando incendien escuelas o centros médicos. Se trata, ni más ni menos, que de someter al otro a partir nombrarlo: una de las estrategias más sutiles del poder. ¡Cuán contundente la conferencia de la escritora Chimamanda Adichie, El peligro de una sola historia!

Pero vuelvo por donde empecé: la señora Hernández y el periodismo. Una pregunta que me permito compartir es la siguiente: ¿todo aquel que labora en empresas que dicen hacer periodismo, es periodista? No me refiero al personal administrativo ni de apoyo. Hablo de aquellos que dicen escribir noticias o elaborar columnas de opinión. Y una pregunta más, a pesar de que no me ocuparé de ella en estas líneas: ¿todo aquel que cuente con el dinero para instalar una empresa que busque difundir y promover su posición ideológica en la sociedad, lo cual estimo absolutamente válido, puede afirmar que su empresa se dedica al periodismo? En ambos casos considero que no.

El periodismo, tanto en la producción de textos informativos como de opinión, contiene unas exigencias éticas que pocos de aquellos que habitan en la “prensa comercial” podrían cumplir, entre ellos la señora Hernández. En primer lugar, he dicho algo que supone de entrada una enorme tensión, algo que resulta prácticamente incompatible: exigencias éticas y “prensa comercial”. Cuando los criterios empresariales son los rectores de una institución, la ética pasa a un segundo plano o, en otras palabras, los intereses económicos imponen límites a las exigencias éticas, cuando no es que éstas quedan borradas. ¿NOTICIAS RCN investigó e informó sobre la adquisición de subsidios de Agro Ingreso Seguro por parte del Sr. Ardila Lule? No. Y la lista es larga en la que los dueños de la imprenta deciden los contenidos y sus orientaciones. El ejemplo reciente más ilustrativo es la salida de Ákerman de El Colombiano. Las empresas están en su derecho de tener oficinas y departamentos de comunicaciones, pero no pueden llamarle NOTICIEROS o PERIÓDICOS, y a quienes trabajan allí hay que llamarlos por su nombre (de acuerdo a sus prácticas): comunicadores sociales, pero no periodistas. Hay allí, pues, una primera dificultad. Habrá quienes interpelen este argumento sosteniendo que hay grupos empresariales propietarios de medios que son flexibles en este sentido. Yo les replicaría que esa flexibilidad tiene por límite los temas relacionados con los intereses de dichos grupos.

A quienes ejercen el periodismo, en el caso de los textos informativos, más allá de ese minúsculo qué-cómo-cuándo-dónde-por qué, las exigencias tienen que ver con aquello que alguna vez me dijo una estudiante de Comunicación Social y Periodismo en medio de un curso que orientaba, mientras estudiábamos ¿Qué es la Ilustración? y una lectura que Estanislao Zuleta nos presentaba sobre el ensayo de Kant. Sus palabras fueron: “la noticia tiene que permitirle al lector la oportunidad de pensar por sí mismo”. En este sentido, un periodista debe desanclarse del cliché “contar la verdad”, para dar paso a uno de los mecanismos que permite la oportunidad a la cual se refería la estudiante: la pluralidad. Una noticia, especialmente de las que tratan sobre aquellos temas que convocan la atención de la señora Hernández, exige posicionar de manera equilibrada las diversas miradas que sobre el hecho noticioso existen (el periodista es una suerte de escribano), de manera que el lector, enfrentado a esa diversidad, se vea exigido a pensar y decidir un lugar en esa trama, sopesando las versiones. Decía Zuleta en varias de sus conferencias: la pluralidad es el terreno fértil para el pensamiento, el unanimismo es su muerte. Pero cuando de lo que se trata es que el otro tenga la interpretación que yo tengo de un hecho, se le está tratando como un menor de edad, se lo dibuja en el texto como un sujeto incapaz de razonar y, en última instancia, se está procurando su colonización: que mi forma de ver el mundo habite en él. En el caso de la señora Hernández, ¿a quién más le da la palabra sino a sí misma? Una voz habitada por una polifonía de sombras tan oscuras para este país como la de uno de los máximos líderes que ha tenido el paramilitarismo en Colombia.

Otra de las exigencias para aquellos que pretenden ejercer el periodismo en el caso de los textos informativos es procurar desadjetivizar la producción discursiva. Estos textos no deben tener más propósito que informar, hacer saber, diría P. Charaudeau en su concepción de contrato de habla. No le corresponde denunciar, así como tampoco privilegiar o exaltan en el lector su dimensión emotiva, sino la racional. Por lo tanto, debe evitar la dramatización o el juicio vía adjetivos, sustantivos o verbos que tengan tal propósito. Ahora bien, ¿puede un lector resultar indignado por una de las versiones de un hecho? Sí, pero en ese caso se trataría de un efecto no premeditado por parte del periodista. Es el hecho, o alguna de las versiones, la que resulta indignante, no el tratamiento que el periodista da al mismo. Por ejemplo, ¿es indignante el concepto de la Alcaldía de Peñalosa sobre el asesinato de Rosa Elvira? A mi modo de ver, sí. Pero no es por el uso de adjetivos que emplee el periodista cuando informa sobre este hecho, sino por el concepto en sí mismo (desde mi mirada). En el caso de los textos (escritos pero sobretodo orales) que circulan de la señora Hernández, la adjetivación es precisamente una de sus características sistemáticas.

La señora Hernández podría alegar que privilegia la opinión sobre la noticia, en cuyo caso lo dicho hasta el momento en estas líneas le resulta impertinente. No tanto. Cuando en un texto de opinión es recurrente el uso de adjetivos calificativos en los argumentos con el propósito de atentar contra la dignidad del otro, ya no estoy en la argumentación. O estoy en ella, pero desde su lado perverso: el mundo de las falacias. En otras oportunidades, hay quienes procuran una defensa de su posición con relación a un tema recurriendo a la estrategia del eufemismo o de su contrario (el disfemismo), en cualquiera de los dos casos, en detrimento de una argumentación que dé al lector la oportunidad de instalarse en el campo de debate y pensar reposadamente la discusión. Eufemismos cuando se trata de acciones de los paramilitares, disfemismos cuando los hechos tienen por protagonistas a los grupos insurgentes, en el caso de las opiniones de la señora Hernández (y no sólo ella, sino en general el “periodismo” de las empresas RCN, CARACOL y demás, como lo logramos demostrar un grupo de investigadores en un estudio inédito en 2015 para el CINEP). En otras oportunidades la estrategia es la caricaturización de la orilla opuesta, o emplear estratégicamente un “nosotros” en procura de incorporar irrespetuosamente al lector en el punto de vista del “yo”, etcétera.

En síntesis, la señora Hernández como ejemplo ilustrativo, pero la “prensa comercial” para ser más preciso, difícilmente se acerca a este esbozo de algunas de las exigencias que impone el ejercicio del periodismo. Así las cosas, a mi modo de ver, no fue liberada ninguna periodista, fue puesta en libertad una señora que promueve la ideología que inspira a los grupos de extrema derecha de este país, incluyendo a los paramilitares en este espectro. Aclaro, eso no es lo que me resulta infortunado (¿quién soy yo para imponer mi orilla ideológica a otra persona?). El problema es que lo hace en nombre del periodismo. Su lugar está en la oficina de comunicaciones del autodenominado Centro Democrático, o como gerente de comunicaciones del Clan Úsuga, y no es chiste. La señora Hernández ha hecho méritos suficientes para ganarse ese lugar. Obsérvese, para terminar, la conversación[i] a través de cruce de correos electrónicos entre ella y Carlos Castaño:

CARLOS CASTAÑO a Salud Hernández:

– “Apreciada Salud. Reciba mi saludo con afecto. Le ruego suavizar mi respuesta a la pregunta sobre cómo financiar las autodefensas abandonando el narcotráfico”.

SALUD HERNÁNDEZ le responde: – “Estimado comandante, comprendo su precisión y así lo haré”.

[i] Fuente: revista SEMANA. http://www.semana.com/nacion/articulo/un-pasquin-revela-correos-politicos-magistrados-periodistas-carlos-castano/246436-3

 

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