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Opinión

De la tiza y el pizarrón a los tableros interactivos digitales

“En tiempos de cambio, quienes estén abiertos al aprendizaje se adueñaran del futuro, mientras que aquellos que creen saberlo todo estarán bien preparados para un mundo que ya no existe”: Eric Hoffer.

¿Cómo olvidar aquellos tableros verdes que hacían parte de la pared frontal de las aulas de clase? ¿Cómo olvidar ese polvero de tiza  que se levantaba cuando el profesor procedía a borrar el tablero? Pues bien, este instrumento cavernícola y rudimentario –que otrora fuese usado para impartir conocimiento– ya hace parte de nuestros recuerdos. Fue reemplazado, en primer lugar, por el tablero de fórmica para escribir con marcador borrable hacia la segunda mitad de la década de los 90’s, instrumento que sigue aún en uso y ha tenido bastante aceptación entre los del gremio de la educación debido a sus ventajas: unas lindas y sedosas manos –ya que no se resecan como lo hacían con la tiza– y menos afecciones de garganta por no tener que tragarse todo el polvero de tiza en la borrada del tablero. Este cambio no significaba ningún reto a quienes en ese entonces se dedicaban a la valiosa labor de ser profesores, al contrario, les facilitaba el ejercicio de sus prácticas pedagógicas –sí, esas mismas que venían ejerciendo desde que iniciaron tan sacra labor–. Llegó el 2000, superamos el Y2K, se democratizó el internet, la tecnología empezó a avanzar a pasos agigantados y las TIC (Tecnologías de la Informática y la Comunicación) se apoderaron de todo, hasta de la educación. He aquí la piedra en el zapato, he aquí el reto: los maestros que no habían nacido en la era digital, aquellos que no eran “nativos digitales”, se vieron a sí mismos como extranjeros en su propia tierra.

Entrados en la segunda mitad de la segunda década del siglo XXI –lo que para mí hace una terna de décadas era el “futuro”– aquellos tableros de fórmica para escribir con marcador borrable han empezado a ser sustituidos por lo último en guarachas para el aula de clase: ¡el tablero interactivo digital! Qué cuento de tiza ni marcador, ya llegamos al lápiz óptico, que junto con la conectividad a internet, promete guiar los procesos de enseñanza en todos los estadios de la educación. Internet brinda hoy en día una infinidad de recursos gratuitos, lo único que se necesita para acceder a ellos son tres cosas: primero, un computador (portátil o de escritorio) o algún otro dispositivo electrónico (tablet o smartphone); segundo, familiaridad con el uso de estos dispositivos electrónicos para usarlos apropiadamente (literacidad funcional); tercero, una actitud crítica para saber escoger la información  y descartar lo que desinforma (literacidad crítica). A menudo escuchamos gente decir “es que a mí me atropella la tecnología”, “es que esos niños de hoy en día ya vienen con el nuevo chip” y otros tipos de comentarios alusivos a la poca habilidad de los adultos para usar dispositivos electrónicos y a la facilidad con que los jóvenes y niños lo hacen. Es aquí precisamente en donde radica el problema, esos docentes a los que “los atropella la tecnología” simplemente tomaron la decisión de no meterse en camisa de once varas, hicieron la más fácil: hacerse los de la vista gorda con la tecnología, poner resistencia al cambio y seguir con sus mismas prácticas pedagógicas.

Es mucho lo que el Estado está tratando de hacer al respecto de la promoción e implementación de las TIC en la enseñanza del sector público (primaria y secundaria), pero muy poco lo que los profesores del magisterio están haciendo por adoptarlas. Hoy en día ya se pueden encontrar aulas de escuelas públicas en las que a cada estudiante se le asigna un computador portátil con conexión de banda ancha a internet, tablero interactivo digital en el que se puede proyectar video e imágenes y escribir con lápiz óptico, hay cursos permanentes de capacitación para el desarrollo de la literacidad funcional y el conocimiento de software y aplicaciones para enseñar. Lo triste: pareciera que la mayoría de los educadores que no son nativos digitales no quieren “cambiarse el chip”, pareciera más que quisieran seguir en la zona de confort que les brinda enseñar lo que ya saben enseñar, negando a sus estudiantes la oportunidad de aprender de una forma diferente.

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