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Opinión

De la escuela. O sobre la obsolescencia

7:00 a.m., en la puerta de la escuela se escucha una voz adulta y firme que dice: – La correa… La camisa por dentro… El pelo… etcétera. La escuela nos hizo un mal favor: nos evitó la angustia de pensar. Esta es una de las tesis que sostuvo Estanislao Zuleta en varias de sus conferencias sobre la educación[ii]. Pensar y amar es lo que nos hace humanos. Por ello y para ello debería existir hoy la institución educativa, separándose del obsoleto paradigma llevado de manera brillante a la música por la banda Pink Floyd en la canción The Wall, según el cual la escuela se validaba socialmente por su rol de disciplinamiento del cuerpo y de domesticación social. Pensar, para recuperar la tesis de Zuleta, permite, entre otros asuntos, encontrar sentidos y tomar decisiones razonables, dejando de lado la obediencia. Sólo deberíamos “obedecer” aquello que hemos sometido al examen del juicio propio y le hemos hallado sentido, en cuyo caso ya no estaríamos obedeciendo[iii]. Al cruzar la puerta, el joven se saca la camisa. ¿Un desadaptado? Una práctica de resistencia apenas esperable. Los gestos cotidianos en la escuela adultocéntrica, y por lo tanto violenta en términos simbólicos, insisten en la defensa de la obsolescencia. Una muestra de ello es el exceso de atención que merece en docentes y directivos el uso del uniforme escolar y los modos de llevar el cabello por parte de los estudiantes.

Con relación al uniforme, se ha internalizado que esta forma de vestir el cuerpo no merece detenimiento alguno bajo el silencioso pseudoargumento (falacia por práctica común) que señala que éste siempre se ha usado. Esta falacia es fácilmente rebatible sosteniendo la siguiente afirmación: no todo lo que siempre se ha hecho resulta válido, menos aún, en todos los tiempos. Por otro lado, hay instituciones educativas de excelente calidad académica y humana que han prescindido del uniforme escolar al no encontrarle sentido con relación al ethos moderno (nuevo paradigma) de la educación. Para levantar el velo que cubre la irreflexión sobre el uniforme, me permito hacer una pregunta básica: ¿por qué la institución escolar se obsesiona con este asunto, fatigando la relación estudiantes – docentes? La respuesta suele ser: “porque le corresponde a la escuela formar personas”. ¿Por qué la escuela se toma atribuciones que fundamentalmente le corresponden a la institución familia? Por otra parte, ¿no se entiende acaso que las personas somos muy distintas y que esa diversidad no sólo es un derecho sino una riqueza? Hay a quienes les incomode portar un uniforme porque éste logra un borramiento de la particularidad del sujeto. Otros creerán que el uniforme se hace necesario por razones económicas. Otros que llevar la camisa por fuera no hace la diferencia, algunos pensarán lo contrario. Yo en particular pienso que de hacerse imprescindible el uniforme, éste debería comprender el espíritu de los niños y jóvenes (correr, sentarse en el piso, etc.) ¿Acaso no es posible favorecer todas estas miradas? ¿Por qué no es posible hallar respuestas concretas que les permitan a los estudiantes hacer la exploración de su mejor opción? Algunos señalaran que generaríamos un caos. Estimo que sería todo lo contrario, se generaría un mejor ambiente, ¿no se nota acaso la felicidad de los jóvenes cuando se organiza el jean day? Hay que permitir a los estudiantes la posibilidad de ser o, al menos, de buscarse.

¿Qué justificación puede tener que, en no pocos casos, las jóvenes tengan que usar un uniforme (jardinera) que riñe con las condiciones climáticas de ciertos municipios (calurosos)? Hay quienes señalan que los uniformes contribuyen a la construcción de la identidad institucional. Pregunto: ¿no será acaso mejor apostar a la construcción de una identidad institucional a partir de un proyecto educativo que privilegie lo pedagógico? Algunas bandas musicales, como los Hermanos Lebron, por ejemplo, no usaban uniforme en sus presentaciones; sin embargo, alcanzaron una identidad musical como pocas orquestas lo logran. Hay que salir de las formas y pensar más en las estructuras profundas del espíritu, dirán los poetas. Es tiempo, hace tiempo es tiempo, que los colegios tomen distancia de los clichés que han pretendido justificar lo injustificable, de lo contrario, la relación estudiantes – docentes seguirá sofocándose irracionalmente, de manera paradójica, en una institución que vende la idea del privilegio de la razón. Una hipocresía total.

De la forma de llevar el cabello podrían decirse cosas similares, pero agregaría: ¿quién ha determinado cuál es “la forma adecuada” de llevar el cabello en el caso de los hombres[iv]? Si vamos al fondo de esta cuestión, lo que nos vamos a encontrar es una respuesta terrible: la moral violenta del machismo que construye una forma de masculinidad y una de feminidad que desemboca en estereotipos de rudeza versus delicadeza, espacio donde las mujeres quedan a merced del comportamiento violento de los hombres-machos.

La institución escolar, al tiempo que habla de democracia[v], se comporta como un régimen de pensamiento único al mejor estilo de un cuartel militar fundado en la obediencia: se hace formación, se canta el himno nacional, se revisa el uniforme y se observa la forma de llevar el cabello, entre otros disciplinamientos. En otras palabras: la construcción del relato del Estado – nación, categoría colonizadora de occidente en tiempos contemporáneos. Mientras todo esto ocurre, las preguntas básicas sobre la esencia de la educación quedan de lado: ¿cómo se aprende?, ¿qué enseñamos?, ¿quién define lo que enseñamos?, ¿cómo enseñamos?, ¿para qué enseñamos lo que enseñamos?, ¿cómo evaluamos?, ¿qué conocimientos quedan por fuera del currículo formal?, ¿qué estamos enseñando desde el currículo oculto?, ¿es posible ordenar el currículo de otra forma, alterando su epistemología?, etcétera. Pareciera que estas preguntas nos angustian excesivamente y nos refugiamos en el reclamo de la obsolescencia para ocultar nuestras incapacidades institucionales. Algunos dirán, cómodamente, que de aquellas preguntas se ocupa el Ministerio de Educación con sus expertos. Nuevamente, dejamos de lado nuestra capacidad de pensar. Un mal favor nos hizo la escuela, a los docentes también. Es tiempo de reorientar la educación hacia otros horizontes, más pertinentes socioculturalmente en este mundo en ruinas.

[i]Hace pocos meses inicié labores en un colegio en el departamento del Chocó, tras una década de docencia universitaria. Esta columna de opinión la he producido a propósito de angustias que me rondan en este nuevo ejercicio académico.

[ii] Dichas conferencias aparecen consignadas en el libro Educación y democracia. Un campo de combate. Corporación Tercer Milenio.Bogotá. 1995

[iii] Kant. ¿Qué es la ilustración?

[iv] Me refiero a los hombres porque es sobre quienes recaen los llamados de atención. No obstante, de manera indirecta se está orientando la relación dicotómica masculino-femenino que tanto afecta, especialmente, a las mujeres.

[v] Este concepto no lo asumo como socialmente se comprende en nuestra sociedad, sino desde aquellas definiciones que aporta E. Zuleta y que aparecen consignadas en el libro Colombia: violencia, democracia y derechos humanos.

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