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Crónica

Crónica turística para conocer a Pablo Escobar

A propósito de la tercera temporada de Narcos, que se estrena este viernes, por Netflix, REALIDAD 360 presenta esta crónica del tour turístico –y clandestino- de los lugares emblemático donde el narco Pablo Escobar planeó su trayectoria criminal.

A Medellín le dicen la capital de la eterna primavera. No es gratis: hay flores en los jardines, los árboles reverdecen y los calores del comienzo del día se aniquilan con los fríos de la noche. Aquí, a veces, se siente que todo es alegre. Pero en el pasado, los paisas –como se les dice a los de esta ciudad– vivieron durante dos décadas bajo fuego, miedo e incertidumbre. La razón era una: el Cartel de Medellín, tal vez la organización más sangrienta y poderosa nunca antes vista en torno al narcotráfico y la violencia contra el Estado. Ni su máximo líder, Pablo Escobar Gaviria, un antiguo ladrón de lápidas, sabía lo que hacía. Por eso murió y hoy no queda nada. Ni su familia ni sus propiedades, que han desaparecido o están en la ruina.

Medellín, situada en una zona conocida como el Valle de Aburrá, suma casi 4 millones de habitantes. Hablar de Escobar aquí es hablar de un mito. «Está pasado de moda», me dicen. Tal vez sea cierto. Este 2013 se cumplirán veinte años de su muerte. Hay quienes lo adoran, como los recicladores que recibieron de él casas nuevas en los ochenta; o que lo odian, como los familiares de miles de muertos que cayeron injustamente ante las balas y las bombas durante los noventa. Pero el mito sigue. A El Patrón, como siempre le han dicho, lo recuerdan de buena fe cuando se refieren a él como Pablo. Pero cuando sucede lo contrario es simplemente Escobar, a secas.

Hay un tour oficial –que al parecer presiden los escasos familiares que quedan de Escobar–, pero en ocasiones es cancelado por falta de turistas. El tour consiste en ir al cementerio donde está enterrado Pablo, al edificio Dallas, a su oficina «oficial» y a conocer a uno de sus hermanos, Roberto Escobar, el más cercano de todos y que esta vez no quiso dar la cara. Nada más. Son tres sitios emblemáticos, pero no suficientes.

Es necesario ir tras los pasos del capo en otros sitios.

De Mónaco a Dallas

Se volvió famoso por una bomba. Sí, el Edificio Mónaco, la residencia oficial de Pablo Escobar en Medellín, se dio a conocer cuando Los Pepes le pusieron una bomba, un grupo de terroristas perseguidos por Pablo Escobar, que antes eran sus amigos. Esta banda le había declarado la guerra a Escobar y realizó una veintena de atentados, entre ellos a sus residencias.

Aquí, en el Mónaco, el capo reunió todo el lujo y esplendor de su fortuna como narcotraficante, así como a toda su familia por última vez: su esposa María Victoria Henao y sus hijos Manuela y Juan Pablo. Sin embargo, recién cuando recibió la carga explosiva se supo que allí vivía Escobar. «La verdad es que nadie lo sabía. Como era tan sobrio el lugar y nada sospechoso, nadie imaginaba que allí vivía el jefe del Cartel de Medellín», dice un Policía que custodia la entrada al edificio que hasta hace un par de años funcionaba la oficina central del Centro Técnico de Investigaciones (CTI), y que trata de ser un guía sin pretensiones.

La edificación de 8 pisos, 34 parqueaderos, 12 depósitos y 12 apartamentos, incluido un penthouse con jacuzzi, queda en el corazón del barrio El Poblado, el más exclusivo de Medellín. Se estima que Escobar vivió ocho meses allí, hasta la explosión de la bomba en enero de 1988. Hoy solo hay una piscina de aguas estancadas y una cancha múltiple donde las hojas secas de los árboles forman un tapete. No se ve deteriorado, pero se nota el abandono. Su color crema y sobriedad siguen intactos. El Mónaco tenía una caja fuerte del tamaño de una habitación. Hoy es un archivador abandonado. Según los peritos, el edificio de 8 mil metros cuadrados puede acercarse a los 5 millones de dólares. Pero lo tiene el Estado y además debe muchos impuestos.

Otro edificio fue el Dallas, en El Poblado. “Aquí vivió Escobar, pero no por mucho tiempo”, dice Jairo Alonso, un celador que me indica cuál es el edificio. Es un complejo de ocho pisos en ruinas. Los Pepes le pusieron en abril de 1993 una bomba al edificio, ocho meses antes de que cayera Escobar. La leyenda dice que en este edificio se reunía la cúpula del Cartel de Medellín para fraguar asesinatos y envío de droga, una especie de oficina. Luego de esa acción terrorista, la casa fue refugio permanente de delincuentes y habitantes de la calle. Ahora el edificio queda sobre una avenida congestionada. Se esconde entre la maleza y solo se observan los últimos pisos, así como un acceso estrecho que fue tapado con cemento y ladrillo para que nadie lo habitara. El Dallas, antes un edificio de quilates y hegemonía –terminó escriturándose a la hija de Escobar, Manuela–, se pierde en el bullicio de un ciudad que avanza sin complejos.

El barrio que lleva su nombre

Escobar siempre ayudó a la gente. Tal vez la mayor muestra de bondad que realizó con los pobres de Medellín fue cuando compró un extenso lote en una zona casi boscosa, en el centro oriente de la ciudad, para la construcción de mil viviendas que entregaría gratis. El proyecto lo lideraba su madre, Hermilda Gaviria, y se llamaría Urbanización Medellín Sin Tugurios. Se ubicaría entre los barrios Ávila y Loreto, zonas de clase media baja en la capital.

Todo comenzó en 1982 cuando en el basurero de Moravia, al sur de Medellín, sucedió un incendio que dejó sin casa a miles de personas. Pablo Escobar, que por esa época era conocido como el Robín Hood Paisa y se movía en la política regional, de inmediato se ocupó del asunto y fue el primero que hizo un Censo de los afectados, la mayoría recicladores. Les prometió una casa y los invitó a conocer el terreno donde se construirían las futuras viviendas.

«Pablo nos citó en el gran lote [que en realidad era una gran montaña] y nos entregó a cada familia un ficho y la opción de escoger la casa que quisiéramos», recuerda Pacho Aristizábal, quien recibió en esa época una casa y cuatro de sus diez hermanos también obtuvieron una. “Las casas se entregaron en obra negra. Uno debía terminarlas, pero todas tenían inodoros y lavamanos”. La viviendas en cuestión eran de seis metros de frente por doce de largo, de un solo piso. Pero cuando iban dos años de implementado el proyecto ocurrió el asesinato del Ministro de Justicia colombiano Rodrigo Lara Bonilla, el primer enemigo declarado de Escobar. Tras eso, el capo fue acusado de hacer negocios no lícitos y de matar al ministro. Así, el proyecto quedó a la deriva. Para esa época se habían construido 470 casas –de las cuales unas 300 estaban listas para la entrega–. Es decir, todavía quedaban 530 lotes para la fabricación. Muchos pensaron que sería momentáneo y la construcción avanzaría, pero Escobar pasó a ser un delincuente para las autoridades. Y así, de ser el más vistoso narco, se convirtió en el narco más clandestino.

Pacho recuerda que una vez se decomisaron varios contenedores que traían inodoros y lavamanos. “Toda esa mercancía era de Pablo, pero jamás llegó a su destino”, dice. Luego, los 530 lotes fueron entregados por la madre de Pablo Escobar, quien redujo los lotes a 4 metros de frente por 12 de largo. Así se multiplicó el barrio. Hoy, la zona no se llama Medellín Sin Tugurios sino Barrio Pablo Escobar, como lo anuncia una pared gris con la fotografía en pintura del capo. Tiene el estigma de ser un barrio peligroso, pero ese peligro ha disminuido con el tiempo. Durante los noventa era un barrio de sicarios y casi nadie podía entrar. “Aquí mataban por no conocer a la persona”, me dice un jubilado. Ya poco queda de las casas originales que entregó Pablo. A la fecha, las casas han sido remodeladas, les han hecho dos y tres pisos porque es común en este barrio que vivan en un mismo hogar tres y cuatro familias. Y no se habla mal de El Patrón. Todo lo contrario, se habla bien: “Si estuviera Pablo…”, “Qué bueno fue don Pablo”. Escobar es un simple apellido, Pablo es el nombre del mesías que ayudó a cientos.

Una cárcel llamada Catedral

Queda lejos. La Catedral, el único fortín donde pasó preso Pablo Escobar, queda lejos. Está a nueve kilómetros de Envigado, al sur de Medellín. Hay que preguntar para llegar, pero nadie da razón. Saben a medias: “Eso queda allá arriba, pero no sé cómo llegar”, “Yo no sé bien, pero siga derecho y pregunta”, “¿La Catedral? ¿La de Pablo? Eso queda lejos, no vaya por allá”.

Nadie sabe. Ya no interesa, tal vez.

Hay que coger una vía estrecha, la misma que sube al acueducto de Envigado. La carretera es pavimentada, con pocos baches, abrazada de lado y lado por pinos y arbustos de clima frío. Cuando Escobar estuvo preso la vía era arenosa y difícil en invierno. Parece más un lugar para realizar caminatas ecológicas que el terreno para una cárcel de máxima seguridad. Pero cuando se pasa todo esto –riachuelos, pinos, paredes al lado de la vía llenas de musgo– se ve La Catedral. O lo que queda de ella.

Lo que fue el acceso tiene un pequeño letrero que dice: Confraternidad Monástica Santa Gertrudis la Magna. La Catedral es hoy un centro de retiro para monjes que solo atiende –si alguien lo solicita– los últimos jueves de cada mes durante toda la mañana hasta las tres de la tarde. “Aquí no queda nada de lo que fue la cárcel de Pablo”, dice Alirio, un trabajador de construcción. “Ahora acondicionamos este lugar para un ancianato o un centro de rehabilitación para drogadictos”, dice el obrero. Está todavía en la memoria una fotografía que salió en un diario y mostraba a Escobar con un gorro cosaco negro tras la rejas en La Catedral. Es que aquí hace frío.

La Catedral fue la prisión de Pablo Escobar y sus lugartenientes que se sometieron a la justicia colombiana a principios de los noventa, a fin de no ser extraditados. El terreno donde se construyó el penal era del capo e hizo de esta una cárcel donde el lujo sobraba: fiestas, prostitutas, visitas a cualquier hora y fugas. Ante esa revelación el gobierno autorizó trasladar a Escobar a una verdadera prisión, pero cuando se enteró se fugó con todos sus subalternos. Solo pagó un año y la prisión quedó en el olvido. Con los años, fue desmantelada porque se creía que habían caletas con dólares, pero nadie encontró nada. Ahora impera la paz de los monjes.

Muerte en el tejado

Escobar murió sobre el tejado de una casa de dos pisos en el barrio Los Olivos de Medellín, en el centro occidente de la capital. Hay mitos: que se pegó un tiro en la cien, que fue abatido por un comando de hombres armados. Lo cierto es que cayó en el tejado de una casa de su propiedad y lejos de los lujos que frecuentó en sus últimos años. Hasta ahora, la casa sigue siendo visitada, a pesar de estar remodelada y de que al dueño no le interesa la historia.

“Ni la fachada ni el color ni los pisos se asemejan a la casa donde murió El Patrón”, dice Genaro Mosquera, un pintor que acondiciona una casa. “Le levantaron un tercer piso, la pintaron de otro color, incluso le hicieron algunas modificaciones en ventanas y puertas exteriores”. Es cierto.

La casa ya no es la vivienda donde cayó Escobar, una residencia lejos de las comodidades de un gran capo. Frente a la casa, la cañada de nombre Santa Ana, por donde siempre se creyó que fugaría, sigue con las mismas aguas. Contrario a lo que se creía, este prefirió una vivienda céntrica y no una en la montaña o un búnker bajo tierra. La zona es demasiado central como para pasar desapercibido. Pero Escobar, quien tenía una larga barba al momento de su muerte, supo manejarlo y solo una llamada de su hijo –el día anterior el capo había cumplido años– lo delató y terminó aniquilándolo.

Aquí, en el barrio Los Olivos, sí saben dónde murió Escobar. La casa original fue vendida meses después a un particular, al parecer, por un abogado de la familia de Escobar, antes de que fuera retenida por las autoridades. El nuevo dueño no quiere saber nada de la historia. Incluso, años después, su hijo Juan Pablo Escobar –hoy lleva el nombre de Sebastián Marroquín y vive en Buenos Aires– trató de comprarla, pero no se la quisieron vender. “Quería tenerla como recuerdo y, por qué no, hacer un museo”, dijo en esa ocasión. La casa está al lado de un lote, que es la zona verde de la casa de la otra cuadra. A veces, me dice el pintor, pasan extranjeros y se toman fotos con la casa. “Aquí murió El Patrón”, dice.

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