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Crónica

Casita de Emmanuel ampara a pequeños en el corazón de Cali

A las siete en punto de la mañana es la hora en la que se abre la puerta de la fundación Casita de Emmanuel. Es cuando llegan pequeños entre 1 y 8 años, llevados por sus padres o familiares para entregarlos al cuidado de 4 mujeres: 3 normalistas, Ana, Sofía y Beatriz, y la administradora del hogar, la señora Isabel Correa.

Ellas reciben a los niños en una situación de vulnerabilidad y están pendientes de todo lo que ellos puedan necesitar, pues las condiciones en las que entran estos pequeños son verdaderamente precarias. Algunos con problemas de salud, como infecciones respiratorias o intestinales.

Sus rostros pálidos lo dicen todo, reflejan la necesidad de cariño y atención. En sus ojos hay una leve mirada de tristeza, pero cuando sus cuidadoras los llaman para tomar los alimentos, algo los inquieta y ese primer gesto de pasividad es alterado por un grito de efusión o simplemente una sonrisa de bienestar, esto hace que su estado de ánimo cambie en un instante.

Estos chicos están expuestos a toda clase de males, sobre todo, por parte de sus progenitores o quienes tienen a cargo su custodia. Según la administradora de la Casita de Emmanuel, los niños son llevados a este sitio por ellos mismos, con la intención de mantenerlos alejados de los peligros y de los vicios, que ofrecen como ejemplo.

Muchos viven en pensiones o cuartos alquilados, donde pasan largas horas solos, mientras los adultos salen a buscar el sustento o simplemente salen a pervertirse.

Otros sufren el abandono y quienes los acogen son sus abuelos o tíos, que no pueden estar pendientes por sus obligaciones. La mayoría son hijos de drogadictos, alcohólicos o delincuentes. Víctimas del maltrato intrafamiliar y de hogares disfuncionales.

Precisamente, esa es la función de la casa hogar, una fundación sin ánimo de lucro, que presta el servicio de guardería y de educar a través de la palabra de Dios, el juego, el deporte y las artes.

El objetivo es brindarles a estos chiquillos un momento de esparcimiento, donde puedan estar alejados de esa atmósfera que los intoxica.  Solo pagan $2.500 por niño, precio por el que tienen derecho a una buena alimentación, desayuno, almuerzo, entre día y merienda.

Su fundadora, la señorita Marcela Quintero,  es quien sostiene esta obra social, por medio de la empresa que crearon sus padres: Impormaderas Ltda., y la ayuda del sector privado.

Ella comenta que siempre tuvo el anhelo de hacer acciones de caridad, en especial con los más desfavorecidos.

Recuerda que en el año 2010 llegó al barrio San Nicolás, un sector de estrato 3 (medio-bajo), ubicado en el centro de la capital vallecaucana, al lado de la empresa de sus padres, en el mismo sector, en la calle 17 # 7-129, compró una casa antigua, un tanto deteriorada, que con el tiempo ha ido restaurando y adecuando para albergar a los infantes. En la actualidad es allí donde queda la estructura física de la institución.

El motivo que la llevó a realizar esta labor fue haber visto el contexto social de la zona. Es un área comercial e industrial, alternado con la pobreza, mendicidad, prostitución, venta de alucinógenos, acompañado de otras vicios y banalidades. Hombres y mujeres atrapados en el mundo de la perdición.

Esta mujer, profesional, de unos 35 años, da a entender que su propuesta es la de transformar la sociedad, empezando por la niñez; así mismo, se transformará ese círculo humano que está sujeto a la degradación.

Aquí también reciben niños desde los 9 años y jóvenes hasta los 17. Después de 6 años de continuo trabajo, la fundación cuenta hoy con 42 niños, 23 adolescentes y 21 madres cabeza de familia, aproximadamente.

Los más pequeños reciben enseñanza cognitiva, los adolescentes tienen clases de música, piano, guitarra o batería, clases de fútbol y estudio bíblico. Además la fundación trabaja en conjunto con el centro de rehabilitación La Casa del Alfarero, allí se envían los padres que quieren salir o cambiar de vida, la institución se encarga de pagar el sostenimiento de su proceso.

Esta noble causa se cumple todos los días de lunes a sábado. En semana, de lunes a viernes trabajan hasta las cuatro de la tarde, es la hora en la que los niños regresan a esa dura y cruel realidad y a la cotidianidad de su entorno; a esa hora se cierra la puerta de la fundación Casita de Emmanuel.

 

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