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Papa Francisco en Colombia

Carriel, arepa y lluvia, la travesía del Papa Francisco en Medellín

Creyente y católica. Medellín, la ciudad de la eterna primavera. Así, 24 horas antes de que llegara su Santidad Francisco, el ambiente que se sentía era de esperanza,  anhelo y fe.

Sus principales calles estaban adornadas con pancartas que contenían frases de perdón y reconciliación; los comerciantes, los más fervorosos y solicitados por la turba: gorras, termos, carpas, y hasta rezos ofrecían los vendedores que se encontraban en cada esquina buscando feligreses como clientes mercenarios.

Sobre 4 de la tarde del viernes, las principales vías fueron cerrándose parar recibir al Sumo Pontífice. Las calles y avenidas como la Oriental fueron el epicentro para que feligreses de todas partes del país y del mundo transitaran rumbo al histórico encuentro.

La lluvia nunca amainó, permaneció como un canto celeste, durante todo el día. Los vendedores de plásticos y capas se hacían su diciembre ofreciendo la protección para el ‘agua bendita’ que algunos sentían. “Lleve la carpa para esperar el Papa… Llévela llévela”, decían.

Los hoteles y los restaurantes no daban abasto para suplir la necesidad de alimentación de las decenas de religiosos. Las estaciones del Metro, el transporte insignia, tenían largas filas de turistas que esperaban para comprar la tarjeta que contenía la imagen del Sumo Pontífice.

La noche cayó al igual que la lluvia, lenta. Caravanas de buses provenientes de lugares más recónditos del país: Cali, Pereira, Manizales y sus pueblos aledaños,  llenaban las vías que conducirían al histórico encuentro en el aeropuerto Olaya Herrera, que presta su servicio a los aviones privados de Medellín.

El tráfico era lento, la paciencia era inacabable como murmuraban los católicos. No era para menos: era Francisco, el Papa único, el latinoamericano más grande de la iglesia católica.

La espera

La logística y programación estaba dispuesta para abrir las puertas del lugar cuando el reloj marcara las 7 noche. Sin embargo, como si fuera un concierto del artista más famoso del mundo, desde las 4de la tarde las largas filas empezaron a formarse.

Jóvenes voluntarios en compañía del personal logístico del evento se encargaban de direccionar a las decenas de personas que ya esperaban con asientos, cobijas, colchas, termos, y carpas para estar durante las siguientes 12 horas en el Olaya Herrera.

Entre las filas se encontraban personas de todas las edades, pero el mayor público eran jóvenes pertenecientes a algunos grupos religiosos. “No importaba la espera, ni el clima, ver al Papa valdrá la pena”, afirmaban.

Las filas avanzaban con lentitud, la espera se hacía más larga y en cada segundo que pasaba se sumaban más personas con el sueño de presenciar la famosa misa campal.

“Lleve el asiento para ver al Papa”, “Compre el agua bendita”, “Le tengo el termo con la foto de Francisco”, “Lleve el velón sagrado”, eran algunas de los gritos que se escuchaban entre las largas filas de espera.

El Olaya Herrera

Las largas filas que había en las diferentes entradas conducían a distintos cuadrantes, los espacios que estaban dispuestos a acoger a las personas según la zona en que se encontraban.

Mientras las entradas recibían a decenas de feligreses, el aeropuerto vibraba al ritmo de agrupaciones musicales religiosas, que ofrecían conciertos a los asistentes. La madrugada avanzaba fría y lluviosa, recibiendo más y más personas con el afán de tener un espacio para ver al menos de lejos, la figura de Dios en la tierra.

Durante toda la madrugada la espera se amenizó al ritmo de canciones e intervenciones de los religiosos de la arquidiócesis de Medellín.

“Allá viene Francisco”

El reloj marcaba las 5de la mañana, y el aeropuerto estaba lleno de carpas de colores que protegían a los católicos que esperaban el gran momento bajo la lluvia.

La mañana avanzó recibiendo más feligreses que hasta las 7:00 de la mañana, tenían tiempo para entrar y buscar un espacio. Los colegios hicieron presencia con sus estudiantes, los carteles y banderas de grupos católicos se hicieron visibles al igual que banderas de países visitantes, entre ellos, Panamá, Brasil y Ecuador, que ondeaban fuertemente sus colores.

El personal de logística y cardenales preparaban detalles para recibir a Francisco. La vía por donde pasaría el Papamóvil era despejada y alistada para el famoso recorrido. Mientras Francisco llegaba al Olaya Herrera, las grandes pantallas transmitían en vivo cada movimiento que hacía el Sumo Pontífice mientras salía de la Nunciatura Apostólica en Bogotá, hasta su llegada a Medellín.

Todo era en vivo. El ambiente era de armonía, de esperanza y fervor, y hubo espacio para las porras: “Francisco, Francisco, Franciscoooo”, gritaban al unísono los feligreses.

El vuelo de ‘La esperanza’, como fue llamado, aterrizó en tierra antioqueña y los gritos de emoción no se hicieron esperar, niños, jóvenes y adultos compartían la misma emoción, no importó el clima, ni las incomodidades.

Aterrizó en el Olaya…

Aunque la llegada del Santo Padre estaba estipulada a las 10:15 de la mañana, hubo retraso, y cuando el reloj marcaba alrededor de las 10:45, los gritos de esperanza recibieron a Francisco. También fue recibido por el alcalde de Medellín Federico Gutiérrez, quien le hizo entrega de un poncho, sombrero y un carriel. Es decir, se volvió paisa por unos minutos.

“Que belleza ‘home’, le falta es una botella de antioqueño”, gritó jocosamente una feligrés emocionada. De inmediato se inició el recorrido en el Papamóvil, y la  energía se concentró en aplausos, gritos y porras.

Dos grandes tarimas esperaban al Sumo Pontífice, una con más de 50 jóvenes que integraban el coro y Filarmónica, y otra con representantes de la iglesia  donde el Papa Francisco saludó a los feligreses y pidió disculpas por el retraso.

Al iniciar la famosa Misa Campal, la calma se hizo presente, y como si fuera obra divina la lluvia, paró y el sol irradiante salió con altas temperaturas. Alrededor de 70 silletas con flores de colores adornaron la tarima donde se inició la eucaristía sobre las 11 la mañana

La eucaristía transcurrió en plenitud bajo el sol, los silencios se apoderaban de cada cuadrante, y la concentración fue permanente durante cada instante de la eucaristía.

Las altas temperaturas combinadas con el poco aire que había por la multitud  hicieron que algunos feligreses se desmayaran durante la misa campal. Sin embargo, para algunos asistentes como Julián Vargas, de 19 años, quien viajó desde Cali, esta fue una experiencia que valió la pena:

“Pasé por lluvia, mugre, cansancio, una ciudad diferente, largas horas de espera, una logística de Medellín que no es perfecta y estar dentro de una multitud de personas que a la final valieron la pena, el rito de la Eucaristía se llevó acabo, pude ver al ‘sucesor de pedro’ y dejó un mensaje que necesitaba”, afirmó Julián.

Era el Papa Francisco. El hombre que ha revolucionado la iglesia en el mundo, el hombre que es capaz de hablar de fútbol y hablar de Dios con la misma pasión. Y cuando alguien es capaz de meter en dos misas casi tres millones de personas es porque Francisco, como se llama, es el enviado de Dios en la Tierra. Y eso es mucho.

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